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martes, 31 de marzo de 2009

¿Es Posible que Mi Hijo Esté Maltratando a sus Compañeros?

Por Neva Milicic, sicóloga.

Para cualquier padre es sumamente doloroso plantearse la sola idea que su hijo pueda ser un niño violento y que pueda estar teniendo conductas agresivas y de acoso hacia sus compañeros.

Es más frecuente que pidan ayuda los padres de los niños que son víctimas de actos crueles de sus compañeros, que las familias de los niños que ejercen la violencia. Es un hecho que no deja de ser preocupante.

Un niño que agrede necesita tanto o más ayuda que un niño que es hostigado, porque su pronóstico es más complejo y su tendencia a hacer sufrir a los demás puede derivar en problemas mayores en el futuro si no se para a tiempo.

Cuando la angustia es muy fuerte, ante los problemas de los hijos, muchas personas tienden a negar el problema y no quieren aceptarlo aduciendo, por ejemplo, que todos los niños son peleadores.

Lo único que se obtiene con esta actitud minimizadora de las dificultades es que el problema se haga mayor. El niño o la niña agresivo concluye que es fácil engañar a sus padres y que sus conductas quedarán impunes.

Aunque sea doloroso, si hay quejas reiteradas acerca del comportamiento de un niño, hay que abrirse a la idea de que puede estar en problema, y que es urgente ayudarlo a poner bajo control sus conductas violentas.

Algunas señales que deben alertar a los padres sobre una conducta violenta en sus hijos son:

-Tendencia a presentar conductas impulsivas perdiendo el control con frecuencia.

-Dificultad para que el niño se adecue a normas de disciplina familiares.

-Quejas y anotaciones reiteradas en la libreta de comunicaciones.

-Bromas antipáticas que dañan a compañeros y personas de la familia.

-Falta de freno en conductas agresivas ante el sufrimiento expresado por los otros.

-Rabia inmoderada frente a problemas triviales. Habitualmente se lo describe como alguien a quien ciega la rabia.

-Los hermanos o amigos se asustan ante su descontrol, por lo que se dejan abusar.

La preocupación por estos niños es que en el largo plazo tienden a quedarse muy solos, porque a nadie le gusta convivir con personas agresivas y se transforman en personas poco queribles.

El riesgo mayor es que al sentirse excluidos del conjunto de las buenas personas, se asocien con otros niños con alto potencial agresivo, constituyendo pandillas de niños abusadores.

Negarse a aceptar los signos de violencia en un niño es postergar la búsqueda de soluciones y, por lo tanto, dejar que se vaya desarrollando sin límites el potencial agresivo.

No se trata de estigmatizarlos; son niños que necesitan atención. Pero sí es necesario estar alerta cuando tienen conductas que pueden ser maltratadoras para sus hermanos o para sus iguales.

Algunos tipos de maltrato son: el maltrato físico que ocurre cuando el niño agrede físicamente en forma directa a otros, o bien, les rompe los juguetes o los materiales escolares.

El maltrato verbal ocurre cuando el niño se burla, pone sobrenombres, hace bromas pesadas o inventa calumnias.

También es un signo de maltrato la exclusión en forma sistemática de los juegos de amigos o compañeros, ya sea ignorándolos o excluyéndolos en forma explícita.

Estar atento a estas formas de agredir a otros, que en muchas ocasiones son conductas aprendidas, puede ayudarnos a buscar formas para que el niño mejore la convivencia social. Una mejoría que a quien más beneficia es al propio niño.

Y recuerde que responder a la violencia del niño con violencia sólo logrará perpetuar el círculo del matrato. Pida ayuda.

martes, 24 de marzo de 2009

Cifras que Avergüenzan

Por Neva Milicic, sicóloga.

En el libro “Desaprender la violencia”, un nuevo desafío educativo del profesor argentino, Alejandro Castro, se entregan algunas cifras, en un acápite, que da el nombre a esta columna.

El autor plantea que la violencia debería ser un problema prioritario en la salud pública, ya que, en nuestro continente, cada año alrededor de 300.000 personas mueren, por homicidios, suicidios y accidentes de tráfico.

Esto sin referirse a la violencia doméstica, al acoso escolar, y a todas esas situaciones en que “un ser humano actúa sobre otro o sobre otros de manera que causa sufrimiento o muerte”.

Por su parte la Organización Mundial de la Salud planteó en el año 2002 que cada año 1.6 millones de personas, mueren en forma violenta.

La violencia según esta organización sería la responsable del 14% de las defunciones de la población masculina y del 7% de la población femenina.

El programa de las Naciones Unidas para el desarrollo planteó en 1999, es decir a las puertas de este milenio, que la violencia sería el problema más importante en el siglo XXI.

El mensaje de Alejandro Castro es claro: la violencia es aprendida y la tarea de la familia y de la escuela es que el niño desaprenda la violencia y para ello hay que evitar exponerlo a situaciones que aumenten la violencia.

Aunque comparados con los animales, planteaba San Martín un psicólogo social, estamos mal dotados para matar por qué no tenemos garras, ni colmillos, sin embargo somos “los matadores” por excelencia, porque creamos las armas —que son una creación humana— producto de una cultura agresiva.

En realidad pienso que la naturaleza humana fue programada para cuidar, pero algo se torció en el camino que le enseñamos a los niños a agredir.

Cada vez que regalamos a un niño un arma de juguete, que es una réplica de la violencia adulta, estamos legitimando una herramienta para matar.

Así vestimos a la violencia de un disfraz atractivo. Les estamos sugiriendo que es un juego, y en forma no consciente estamos induciendo al niño a jugar a matar.

Cuando permitimos que nuestros hijos vean muchas horas de televisión con contenidos violentos, vamos incrementando en ellos su potencial agresivo, así como su temor a ser víctima de la violencia, entrando en un círculo agresivo.

Un problema más grave surge cuando en el interior de la familia se usa la violencia como forma de resolver los conflictos. Se sabe que si un niño es expuesto a mucha violencia es altamente posible que se transforme en alguien violento.

Es por ello que el castigo físico y el maltrato ha sido un tema, en el cual los psicólogos infantiles han invertido su mejor energía para intentar su disminución.

No se trata de tener una visión idealista y de negar los conflictos que existen. Pero hay dos tipos de formas de resolver los conflictos. Los que se resuelven a través de la destrucción y los constructivos, que se resuelven a través de una relación en que hay diálogo.

En ésta última forma, los que están involucrados logran avanzar a nuevas formas de ver la realidad y lograr comprender que hay diversas maneras de mirar un problema. En la forma constructiva hay una apertura a la perspectiva del otro.

Se trata de que los vínculos existentes, nos permitan solucionar los problemas, de manera que no se ponga en peligro al otro, ni en su integridad física ni psicológica.

Entender que cuando se daña a otro, a la larga o a la corta, el más dañado es el que ejerce la violencia.

La forma en que usted soluciona los conflictos que tenga en el mundo externo y en la relación con sus hijos, constituirá el mapa que el niño o la niña aprenderá para enfrentar las situaciones de violencia.

Ojalá puedan desaprender los modelos violentos a los que están sobreexpuestos y reemplazarlos por modos pacíficos de resolución de conflictos.

martes, 17 de marzo de 2009

Déles la Oportunidad de Hacerlo Bien

Por Neva Milicic, sicóloga.

La sensación de hacer bien algo produce una enorme satisfacción personal; el niño que logra realizar lo que se ha propuesto se siente exitoso. La percepción de tener éxito genera en él un sentimiento de competencia que lo estimula a continuar trabajando en aquello que ha logrado hacer.

Violet Oaklander en su libro sobre terapia infantil “El tesoro escondido”, plantea como uno de los pilares de la seguridad personal la sensación de dominio o maestría. Cuando un niño logra aprender a hacer algo nuevo, ha puesto un gran esfuerzo y como sabe que ha podido lograrlo, usa toda su capacidad de concentración en continuar aprendiendo.

Al lograr aprender a hacer algo nuevo, el niño experimenta una maravillosa sensación de dominio que lo impulsa a buscar nuevas experiencias en esa área.

Por el contrario, cuando las experiencias educativas a las que se expone, son muy difíciles para su estado de desarrollo, el efecto para el aprendizaje es contraproducente; las experiencias de fracaso lo conducen al desánimo, y a evitar intentarlo nuevamente.

Experiencias reiteradas de esta naturaleza generan en el niño/a sentimientos de incapacidad y van desarrollando un sentimiento de frustración, que lo desincentiva a experimentar, pero lo más peligroso es que el fracaso frecuentemente debilita el sentido de sí mismo.

Lograr que los niños tengan un fuerte sentido de sí mismos es uno de los objetivos educativos de mayor importancia en la familia. Un fuerte sentido de sí mismo se acompaña de un sentimiento positivo del yo que favorece la realización de acciones y el establecimiento de contacto consigo mismo, con los otros y con la realidad.

Carmencita había sido educada en un hogar de menores, después del abandono de sus padres biológicos. A sus cinco años, cuando fue adoptada, era una niñita con un grave retraso del lenguaje, aislada socialmente y bastante huraña.

El único contacto que su madre adoptiva lograba tener con ella era a través del juego y casi sin palabras de respuesta de la niña a las verbalizaciones de su mamá.

Una noche, los padres sintieron unos ruidos en la habitación vecina y al levantarse se encontraron a Carmencita, que jugaba sola con sus muñecas y unas tacitas.

Ella les hablaba a las muñecas, utilizando expresiones verbales cariñosas, muy semejantes a los que su madre adoptiva usaba con ella. A veces intercalaba otras frases que eran muy descalificatorios como:

“Niña tonta, otra vez te hiciste pipi”; “Quédate callada y no hagas ruido”.

Los padres con gran sabiduría la dejaron jugar sin interrumpirla. Pero al otro día le mamá le propuso: sigamos jugando a lo que jugabas anoche y fue intercalando frases fortalecedoras hacia las muñecas como “ya has aprendido a hablar muy bien”, “hoy parece que estas contenta” y expresiones amorosas, “tú sabes cómo te quiero, eres mi niña regalona”.

Carmencita acostumbrada a ser castigada cuando no lograba lo que le solicitaban, prefería no exponerse a hablar por temor a que la restaran.

En la medida que sin presiones y a través del juego, y de la exposición a situaciones en que claramente podía tener éxito fue disminuyendo su actitud rabiosa, liberando los bloqueos que tenía con sus padres en su desarrollo y generando vínculos amorosos y confiados.

Estos vínculos y los éxitos obtenidos reforzaron su capacidad de aprobar nuevas posibilidades de aprender.

Hay que recordar que los niños para querer seguir aprendiendo necesitan tener la oportunidad de hacerlo bien y ser reconocidos por sus logros.

martes, 10 de marzo de 2009

¿A Qué Obedece la Indisciplina?

Por Neva Milicic, sicóloga.

Educar a un hijo que presenta problemas de indisciplina en la casa o en el colegio resulta abrumador, y muchos padres declaran sentirse sobrepasados por el tema.

No pocos reconocen haber llegado al maltrato físico o psicológico como forma de intentar que el niño logre aprender a no transgredir las normas familiares.

Sin lugar a dudas, la disciplina prepara a los niños para la convivencia social, y es una herramienta educativa que favorece que los niños desarrollen actitudes positivas y valores que permiten tener mejores niveles de aceptación social.

Entre los problemas de disciplina más frecuentes que describen los padres están: no obedecer órdenes, transgredir las normas que se han acordado previamente, contestar a sus padres en forma grosera, mentir para evitar un castigo o para no cumplir con las tareas que les han dado en el colegio.

La disciplina se define como una actitud de respeto hacia las figuras de autoridad y hacia las normas que se debe respetar. Para que las reglas sean más fáciles de cumplir por los niños —no siempre es fácil—, se requiere que éstos comprendan con claridad su sentido. La obediencia ciega, es decir, obedecer sin comprender con claridad el porqué no es un valor.

En ocasiones, la indisciplina de los hijos acarrea un espiral de violencia en la familia. Los padres desesperados y agobiados por la indisciplina del hijo, suelen recurrir a medidas coercitivas en forma autoritaria, y a veces incluso al maltrato físico, lo que obviamente agrava el problema, cayéndose así en un círculo de violencia. Cuando se entra en esta dinámica, es difícil salir.

Por supuesto que hay matices en la percepción de lo que es ser indisciplinado/a. Los padres muy autoritarios tienden a considerar indisciplina conductas que son parte del desarrollo natural de un niño.

Por ejemplo, León, de 4 años, pintó la pared de su casa y su padre lo castigó severamente por algo que no es realmente un acto de desobediencia. Simplemente el niño quería pintar y hacer una obra de arte, pero para su padres eso sólo significaba que le había arruinado la pintura.

Hablamos de indisciplina cuando un niño tiene una intención clara de transgredir una norma y desobedecer a sus padres, o bien, de causar un daño en forma intencional.

Una conducta indisciplinada o desafiante del niño obedece a muchos factores; los más importantes son los factores genéticos y los que obedecen a la socialización.

En la impulsividad, un rasgo frecuente es que al niño le cuesta postergar la gratificación, y cuando quiere algo, le resulta muy difícil esperar, reaccionando con poca tolerancia a la frustración, y no aceptando un no por respuesta.

Cuando la indisciplina es muy grave a pesar de tener un contexto familiar adecuado, puede tratarse de algún cuadro psicopatológico, como un trastorno desafiante oposicionista. Son niños que reaccionan oponiéndose a la autoridad, o bien, un trastorno disocial. En estos casos es necesario pedir ayuda especializada.

Sin duda, los problemas emocionales también contribuyen a la indisciplina de los niños. Sentirse abandonado, maltratado, poco querido o sentirse sobreexigido en sus capacidades puede llevar a un niño o un adolescente a cometer actos de rebeldía.

A veces, en edades más tardías, la indisciplina es una forma de lograr el reconocimiento de sus compañeros y es sustentada por los compañeros.

Las crisis familiares mal resueltas que involucran niveles crecientes de violencia familiar, suponen un riesgo para el desarrollo emocional y social de los niños, y también pueden ser una causal de indisciplina.

Otro factores que dificultan la adquisición de normas disciplinarias son: la mala comunicación padre-hijo, la falta de involucración paterna y el no estar disponible para los hijos, que se refleja en una falta de atención a las necesidades de ellos/as.

Cuando nos encontramos frente a reiterados problemas de disciplina, es necesario tener la sabiduría de pedir ayuda, porque las causas pueden ser muchas y es un problema que puede arruinar la convivencia familiar y la infancia de los niños y dejar cicatrices.

Hay que recordar que los recuerdos infantiles felices son la base de una sana vida emocional. Las guerras por la disciplina en niños con temperamento difícil puede dañar gravemente la convivencia familiar, dejando en la memoria emocional de los niños recuerdos que serán nocivos para su desarrollo emocional.

martes, 3 de marzo de 2009

¿Qué Aprendiste Hoy?

Por Neva Milicic, sicóloga.

La capacidad de aprendizaje de los seres humanos es de una magnitud incalculable. Es tan maravillosa que compensa con creces los déficits instintivos que tenemos en comparación con los otros seres vivos, que vienen mejor dotados para sobrevivir en forma autónoma cuando son pequeños.

Ciertamente no valoramos en forma suficiente la capacidad de aprender y lo que ella significa y aporta en calidad de vida, en capacidad de evolucionar y de resolver problemas y de mirar la realidad desde diferentes ángulos.

Una historia contada por el famoso educador americano Leo Buscaglia, quien es autor de un sinnúmero de libros de educación, acerca de cómo su padre le enseñó el valor de aprender resulta muy ilustrativa.

El narra que su padre, que era hijo de una familia campesina en Italia, tuvo que ser retirado en quinto grado de la escuela, ya que por razones económicas debía trabajar.

Cuando tuvo hijos sembró en ellos el valor del aprendizaje inculcándoles la idea de que uno “nunca debería irse a la cama sin haber aprendido algo”.

Para reforzar eso, a la hora de comida cada noche les preguntaba a sus hijos: ¿qué aprendiste hoy? Y cada uno de ellos debía contar algo que hubiera aprendido, aunque fuera el número de habitantes de Nepal.

Buscaglia relata que él y sus hermanos, si bien no valoraban excesivamente esta pregunta de su padre en la infancia, el ritual establecido los obligaba a pensar qué podrían contar cada noche.

Él cuenta que producto de esa costumbre familiar, él antes de dormirse hace un recuento de si aprendió algo y si la respuesta es negativa busca en un libro algo que aprender.

Ciertamente que sería a lo mejor excesivo y quizás aburridor para los hijos hacer esa pregunta cotidianamente, pero hacerlo en forma ocasional contribuye sin duda a la valorización del aprendizaje y, además, ayuda a consolidar lo aprendido.

Qué tal si en vez de preguntarle a su hijo cuando llega del colegio: ¿qué hiciste hoy? le pregunta, ¿qué aprendiste hoy? Pero intente que la pregunta sea formulada en tono de interés y no de control.

También es enriquecedor dejarse espacio para compartir con los hijos un relato que sea interesante según el nivel de desarrollo de los hijos.

La idea es que lo que se comparte, de algún modo, esté dentro del mundo de intereses de los hijos o bien que sea información útil y relevante.

Una de las quejas más grandes de los niños sobre el colegio, es que lo que aprenden, no saben para qué podría servirles. Comprender lo que se aprende puede ser útil y, sin duda, incentiva a aprender.

Una actitud de esta naturaleza frente al aprendizaje contribuye a que las conversaciones familiares sean más interesantes y le entrega al niño la perspectiva de que lo aprendido es algo que tiene un valor.

Valorizar lo aprendido por los hijos y por uno mismo es una señal de sabiduría, que además ayuda a consolidar lo aprendido y le da un nuevo significado.

domingo, 1 de marzo de 2009

¡A Colaborar con la Campaña: Cuaresma de Fraternidad!

Como en los tres últimos años, recursos que se obtengan irán en ayuda directa a niños y niñas de escasos recursos y en riesgo social. Fieles pueden depositar sus aportes en las pequeñas alcancías que se entregarán en parroquias y capillas.

Por Iglesia de Santiago.

Con Miércoles de Cenizas, este 25 de febrero, se inicia en todas las diócesis del país la campaña solidaria Cuaresma de Fraternidad, organizada por la Conferencia Episcopal de Chile. “Esta Campaña tiene sus raíces en el centro de la vida cristiana: el mandamiento del amor, por cuya práctica seremos juzgados. La identificación de Jesús con el prójimo, especialmente con los pobres y los niños, es un criterio fundamental para el discernimiento de nuestra práctica de fe”, señalan los organizadores de esta cruzada solidaria.

En este tiempo litúrgico de Cuaresma, la Iglesia Católica invita a intensificar la oración, el ayuno y la caridad con los más pobres. “Cuaresma de Fraternidad estimula esas tres acciones colaborando así a que llevemos una vida más sencilla, para asemejarnos al Señor. Para eso se propone: Rezar más, Llevar una vida más sencilla, Tener privaciones penitenciales que permitan ahorrar recursos económicos para depositarlos en las pequeñas alcancías y así compartir amorosamente con quienes tienen más necesidades”.

Niños en riesgo social

Como en los tres últimos años, los recursos que se obtengan en Cuaresma de Fraternidad serán destinados a financiar proyectos que vayan en beneficio directo de niñas y niños de escasos recursos y en riesgo social. Se calcula que en todo el país hay más de 200 mil menores en esta situación.

Las personas interesadas en colaborar pueden depositar sus aportes en las pequeñas alcancías que se distribuyen a través de las parroquias y capillas del todo el país. También hay alcancías especiales para colegios y movimientos apostólicos. Las alcancías con el dinero recolectado en este tiempo, producto de las privaciones de la familia (dejar de comprar dulces, golosinas, helados, etc.) deben ser devueltas a las parroquias a más tardar el domingo 12 de abril. Los fieles de la Arquidiócesis de Santiago también pueden depositar sus aportes en la cuenta corriente 000-2761101 del Banco de Chile, a nombre de Caritas Santiago.