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Reinauguración Campo en Batuco | Directorio de la Asociación

Reinauguración Campo Recreativo de la Asociación de Padres de Familia del Instituto de Huma nidades Luis Campino en Batuco | 14 de octub...

martes, 28 de abril de 2009

Cuando Nos Critican a un Hijo o a una Hija

Por Neva Milicic, sicóloga.

La crítica a los hijos —aunque sea justa y verbalizada de la mejor manera posible por quien la hace— tiene un efecto doloroso que, de una forma o de otra, muchas veces los padres tratan de evitar.

Para ello se ponen en juego mecanismos defensivos no conscientes, orientados a negar o disminuir el problema.

Sin embargo estos mecanismos a la larga pueden ser muy desadaptativos, a la hora de intentar solución los problemas, porque al no haberles prestado atención a tiempo, las dificultades pueden haberse acrecentado y tornarse inmanejables.

En la medida que lo que más se quiere y valoran son los hijos, es imposible permanecer indiferente a las críticas que se formulan acerca de ellos, especialmente cuando se percibe que son criticados en forma descontextualizada o las críticas son realizadas en forma muy agresiva.

Aprender a recibir la retroalimentación negativa en forma menos defensiva puede ayudarnos a resolver los problemas, ya que nos da acceso a información, y, aunque es normal que no nos agrade, puede ser relevante escucharla para educar mejor a los hijos.

Con frecuencia los padres al recibir criticas de los hijos, como una forma de defenderse reaccionan en forma descalificatoria frente a quien las expresa, con comentarios como los siguientes: “¿Cómo se atreve a criticar a mi hijo”?.

Incluso, si es alguien que no tiene niños, a veces los padres pueden responderle algo tan agresivo como: “Se nota que usted no tiene hijos” o preguntar en forma hiriente: ¿Quién le preguntó lo que piensa?

Esta actitud es comprensible desde el amor que se les tiene a los hijos, pero puede hacer perder objetividad y así los padres no se enteran de aspectos que pudieran estar siendo problemáticos.

Muchos de los cuales, de no ser enfrentados a tiempo, pueden tener el efecto de una bola de nieve.

Otras veces las críticas a los hijos los padres la viven o interpretan como una velada crítica a su forma de educarlos. La crítica a los hijos de alguna manera, lleva a una autoevaluación y a preguntarse: ¿habré hecho algo mal para que esto esté pasando?

Sentirse culpable no siempre induce a cambiar. Más que defenderse interna o externamente de las culpas, es mejor aplicarse en buscar una solución para salir del problema.

Por ejemplo, si le dicen en el colegio que su hijo está con angustia es mejor pensar cómo enmendar rumbos, de manera de no bombardear al niño con exigencias excesivas que puedan elevar sus niveles de ansiedad.

Crea mucha rabia que nos hagan sentir culpables, pero no conviene cerrar los ojos a los problemas.

Otra conducta defensiva frecuente ante las críticas que se hacen sobre los hijos, es negar el problema, quitándole importancia con frases como: ¡La verdad es que no lo veo así.

Parece que no estamos hablando del mismo niño! La negación es siempre una mala consejera, porque aleja de la realidad.

Abrirse a escuchar a pedir más información sobre lo que le relatan acerca de su hijo(a) o pedir sugerencias acerca de qué piensa la persona que hace la crítica, de cómo se podría encontrar una solución al problema, puede ser útil.

Si, por ejemplo, una profesora le dice que encuentra al niño muy tímido, pídale de buenas maneras que fundamente su opinión y, finalmente, pídale sugerencias sobre cómo cree ella que se le podría ayudar a superar la timidez.

No se quede pegado en la crítica, evalúe si es verdadera o si es exagerada. Si acepta que corresponde busque soluciones pero no estigmatice a su hijo. Piense que siempre es posible mejorar y cambiar.

Buscar consejos o socios para lograr que su hijo cambie puede ser un camino eficiente. Pídale a quien formula la crítica que se sume a sus esfuerzos por educar al niño.

Si agrede a quien formula la crítica, lo más probable es que esa persona se aleje y se reste a la posibilidad de ayudar a su hijo.

martes, 21 de abril de 2009

Enseñar a los Niños el Autocuidado

Por Neva Milicic, sicóloga.

Aprender a autocuidarse es tener la sabiduría de aprender a buscar formas de tener una buena calidad de vida, de no poner en riesgo la salud física ni mental por no prestar atención a las propias necesidades.

Es sorprendente la cantidad de personas que no saben cuidar de sí mismas, que son francamente negligentes en relación a sí mismas y que descuidan sus necesidades básicas.

Paradójicamente, a pesar de ello, están muy preocupados de estar disponibles para cuidar de otros. Es como si en algún recóndito lugar de su mente pensaran que cuidarse y preocuparse de sí mismos fuera algo egocéntrico y casi pecaminoso.

En el maravilloso libro “El tesoro escondido de Virginia Oaklander”, probablemente una de las más famosas psicoterapeutas infantiles, se plantea la importancia de enseñar a los niños el autocuidado, desde cuando son pequeños.

En ese momento se aprende a atenderse a las propias necesidades de descanso, diversión y de salud.

Ayudarlos a aprender a cómo mejorar la calidad de su existencia cotidiana, sembrar en ellos que deben aprender a cuidar y desarrollar su yo, aprender a fortalecerse.

No será fácil para sus hijos aprender a tener una actitud de autocuidado si no la muestra con su ejemplo. Los niños aprenden lo que ven hacer y no lo que se les predica.

Tomarse el tiempo para completar asuntos inconclusos personales es una de las formas que puede asumir una actitud de autocuidado junto con dejarse un tiempo para hacer aquello que nos proporciona placer.

La falta de autocuidado muchas veces se relaciona con haber introyectado muchos mensajes negativos acerca de sí mismo, que tienen como efecto debilitar la imagen personal y la fuerza vital.

La antesala para el autocuidado, plantea esta autora, es tener una actitud de aceptación hacia sí mismo y cambiar estos mensajes negativos.

Cuando ello se logra, la persona puede hacerse realmente cargo de sí mismo, porque sabe que cuidarse es algo que ella merece.

Introducir en los niños y en las personas el concepto del autocuidado es central. Así como hay que aprender a tratar bien a los otros, hay que aprender a tratarse bien a sí mismo.

Diego es un adolescente de catorce años que consultaba por conductas de abandono personal y autodestructivas derivadas de su cuadro depresivo.

Para ayudarlo en la tarea de valorarse, se hizo con él un ejercicio muy simple que consiste en hacer un listado de las cosas que le gustaba hacer.

En este listado él enumeró actividades como: sacar fotos y ordenarlas en los álbumes; leer libros de poesía; bailar solo en la pieza; salir a andar en bicicleta; arrendar y ver películas; salir a caminar con su perro.

Posteriormente se le pidió, que se regalara el permiso para hacer una de esas cosas al día.

Lo que cada niño o cada persona prefieren tiene que ver con lo que realmente está en su naturaleza. Cuando un niño aprende a cuidarse está en menos riesgo de hacer conductas autodestructivas y está una actitud más positiva acerca de la realidad.

Autocuidarse no es sólo no correr riesgos, sino que es darse tiempo y espacio para realizar las cosas que nos hacen felices. Estimúlelos y dé permiso a los niños para hacer aquellas cosas que les hacen bien y les producen felicidad.

Recuerde que para los padres ver a sus hijos felices es como música para los oídos.

martes, 14 de abril de 2009

Qué Favorece la Felicidad en los Niños

Por Neva Milicic, sicóloga.

Ser felices o no, no parece ser algo que dependa sólo de circunstancias externas sino de una actitud interior, que puede ser influenciada por la forma en que se es educado.

Los factores que contribuyen a favorecer a que los niños aprendan a ser felices, optimistas y que tengan una actitud positiva y constructiva frente a la vida, han sido estudiados desde diferentes enfoques, ya que esta actitud marca en forma decisiva todo el ciclo vital de las personas.

El renombrado economista Richard Layard, en su libro “La felicidad, lecciones de una nueva ciencia”, hace un acucioso estudio del tema y se pregunta: ¿Por qué, a pesar de las innegables mejoras en la calidad de vida de las personas, en los diferentes países, no parece haber un aumento significativo de la percepción felicidad?.

Evidentemente los niños y los adultos deberán enfrentar un sinnúmero de situaciones adversas en el transcurso de sus vidas, pero la forma de vivirlas será diferente y explicará cómo ellas los afectarán.

Al respecto, Layard cita a Víctor Frankl, un reconocido psiquiatra, quien estuvo recluido en Auschwitz: “Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante cualquier conjunto dado de circunstancias”.

El autor plantea que, según las investigaciones, las personas más felices tendrían dos características centrales que son, el ser compasivas y agradecidas, virtudes que pueden ser desarrolladas mediante la enseñanza y el modelaje.

En otros trabajos, los indicadores de mayor felicidad se relacionan con el tener metas claras, ser razonablemente autónomo, tener una sensación de crecimiento personal y un nivel apropiado de aceptación de sí mismo.

Todas estas características están relacionadas y favorecen el tener un sentido de vida que oriente el actuar.

Y aquí los padres juegan un rol esencial en ayudar al niño a desarrollar estas características y a construir buenos recuerdos, a potenciarlos a través de la conversación sobre ellos, a dejarlos registrados en relatos escritos que evidencian las experiencias a través de fotografías que favorecen que ellos perduren en la memoria personal y familiar.

La anticipación de experiencias positivas genera en los niños una actitud esperanzada que se consolidará como rasgo de personalidad.

Para ello, es necesario sembrar de ilusiones las actividades futuras, con frases como, por ejemplo, “Vamos a ir de paseo el domingo al cerro y qué bien lo vamos a pasar; llevaremos una comida estupenda e invitaremos a todos los primos”.

Generar emociones positivas no es trivial, ya que ellas tienen un efecto directo en la actividad cerebral. Cuando se tienen sentimientos positivos, la actividad eléctrica del lóbulo frontal del hemisferio izquierdo en su parte anterior es mayor. Cuando los sentimientos son negativos, sucede lo contrario.

Los niños tendrían diferencias de personalidad según cuál sea su hemisferio eléctricamente más activo.

Se ha planteado que los niños a los dos años y medio tienen una actividad eléctrica predominante del lado izquierdo; por eso serían más exploradores y seguros que los que tienen una actividad eléctrica predominante del lado derecho, quienes tienden a ser más apegados a sus madres , demostrando menos interés por explorar.

Estos datos deberían inducirnos como padres a favorecer en los niños las oportunidades de tener experiencias positivas, lo que no es tan complejo ni tan caro.

Es necesario estar atentos a sus intereses; jugar con ellos; aceptar sus invitaciones a entrar en el mundo de sus fantasías y, en general, tener apertura a acompañarlos en sus emociones así como proponerles actividades que les sean entretenidas.

Obviamente también se requiere controlar la presencia de factores que puedan afectarlos negativamente, como mirar en televisión imágenes de violencia, horror y crueldad, exponerlos a presenciar peleas entre sus padres o hacerlos víctimas de maltrato físico o psicológico.

Las experiencias repetidas de felicidad o infelicidad en la infancia tienen un efecto en la arquitectura cerebral que contribuirá al potencial de felicidad de los niños, y que les ayudará a evaluar en forma positiva y agradecida lo que les ha sido dado o, por el contrario, a asumir una actitud pesimista y quejumbrosa.

martes, 7 de abril de 2009

Esté Alerta a que su Hijo sea Víctima de Hostigamiento

Por Neva Milicic, sicóloga.

Es importante como padres estar alerta a eventuales situaciones de hostigamiento que pudieran sufrir nuestros hijos, ya que un estudio realizado por el Ministerio de Educación de Japón señala que el 50% de los padres no está enterado cuando sus hijos están siendo víctimas de acoso.

En la medida que los niños son intimidados por el agresor, muchas veces guardan silencio por miedo a las amenazas de represalias que los agresores les han hecho explícitamente.

Si ellos hacen una denuncia de que han sido hostigados, sus acosadores los amenazan con las venganzas más increíbles.

Como en su mayoría los niños hostigados han desarrollado poca capacidad de autodefensa, tienen poca confianza en sí mismos, se sienten vulnerables frente a la agresión de sus compañeros.

Según los estudios, también piensan que ni sus padres ni sus profesores podrán ser efectivos en defenderlos.

Clemente, de nueve años, que fue víctima de acoso escolar, con violencia de tipo sexual sin llegar a la penetración, estuvo seis meses sufriendo una situación que lo humillaba y lo hacía sentirse culpable y aterrorizado.

Al preguntarle por qué no había conversado con sus padres, respondió que si su agresor se enteraba de que lo había acusado, lo mataría y que no creía que sus padres pudieran defenderlo.

El problema de la violencia escolar radica en múltiples causas, algunas derivadas de la psicopatología de los agresores, otras derivadas de una organización escolar que no da suficiente protección y otras que se relacionan con la estructura de personalidad del niño agredido.

En este texto queremos poner énfasis en este último aspecto para que los padres estén atentos a las señales que pueden indicar que un niño está siendo hostilizado o que por sus características de personalidad podría transformarse en una víctima en el futuro.

Una característica de personalidad importante es que habitualmente el niño o la niña presenta retraimiento social y tiene poca seguridad en sí mismo.

Como consecuencia de ello desarrolla pocas interacciones sociales, se siente excluido y no cuenta con la capacidad de tomar iniciativa para integrarse a los grupos.

Los niños que han sido acosados relatan con frecuencia el ser maltratados, ridiculizados o humillados, razón por la cual en casos extremos no quieren ir al colegio y muchas veces pierden el interés por aprender.

Es necesario estar alerta a las expresiones artísticas o escritos del niño, muchas veces sus dibujos reflejan la violencia recibida. Dibujar personas muy agresivas, o muy pequeñas puede ser un indicador.

Los padres pueden ayudar al niño creando un ambiente para que pueda expresarse libremente sin sentirse avergonzado de sus miedos.

Es necesario ayudarle a recuperar la confianza en sí mismo, pero si no ello se logra desde el contexto familiar, se aconseja brindar acceso a un tratamiento psicoterapéutico.

Se puede favorecer en el niño una actitud de ignorar cada vez que sea posible al agresor o descalificar interiormente al agresor: “A mí no puede importarme lo que dijo alguien tan mala leche”.

Por supuesto debe ser su lenguaje interno, sin expresarlo al agresor. También puede ser utilidad aprender a expresar asertivamente la molestia, diciendo si eso es posible. “Para ya, me molestan tus bromas”.

Algunos autores recomiendan cuando la agresión es verbal, expresar acuerdo con el agresor, ya que ello los confunde. Si te dicen “cabeza de zanahoria” decirle, “sí, efectivamente soy colorín”.

En la medida que el agresor no consiga el objetivo de herirlo, es posible que lo deje en paz.

No hay que subestimar el daño que puede hacerle a un niño ser víctima de violencia, hay que estar alerta a ayudar, sin sobrerreaccionar, ya que ello puede aumentar en el niño o la niña los sentimientos de incompetencia.

Hay que favorecer la idea que con ayuda será capaz de enfrentar el problema y no dejarse amedrentar por el agresor.