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Actualidad: Ella No es para Mi Hijo

Por Luz Edwards S., revista Hacer Familia

No estar de acuerdo con el pololeo de un hijo es angustiante. Pero a veces los equivocados son los padres, no los enamorados. Para evaluar, ellos deben preguntarse sólo una cosa: ¿este pololeo hace feliz a mi hijo?

La elección de una persona para pololear es siempre una tarea muy personal y profunda, incluso en los primeros años de la adolescencia.

Por eso, los padres no pueden intervenir en esa decisión de manera agresiva o autoritaria, por mucho que estén seguros de que no es un pololeo conveniente. Aquí, algunos consejos para estar más tranquilos y para saber distinguir cuándo un pololeo es realmente perjudicial.

Ojo con los Prototipos

No es malo planear, no es malo soñar cuál sería la persona ideal para cada hijo, no es malo conocer a un joven y pensar “ojalá mi hija se enamorara de alguien así”. Pero también hay que ser flexibles y aceptar que la realidad puede ser muy distinta.

Y no por eso peor, sino incluso, tal vez mejor. Porque no por buscar la felicidad de sus hijos los papás van a tener siempre la razón.

Además, hay que tener cuidado con los prototipos. Aferrarse a ellos nos convierte, finalmente, en personas prejuiciosas. Primero, hace descartar al que no calza con el prototipo, lo cual puede significar una pérdida enorme.

Y segundo, lleva a creer que encontrando a la persona “perfecta” la misión está cumplida, cuando pueden no ser felices juntos, aunque en teoría sean la pareja ideal.

Como todo en la vida, en este campo hay muchas variables que los papás no manejan y posibilidades que ni imaginan. Y, ¡menos mal! Porque buscarles pololos a los hijos sí que sería una tarea agotadora.

No tomarlo con Gravedad

A esta edad, algunos pololeos no nacen de las ganas de hacer feliz al otro, sino de la necesidad de descubrir la propia identidad.

Por eso, no es raro que una niña a la que le interesa la música aparezca con un pololo baterista o que un joven elija como polola a la prima de su mejor amigo, principalmente porque ya conoce al grupo.

Otros pololean sólo porque necesitan saber qué se siente estar comprometido, y tampoco es raro ver relaciones casi buscadamente sufridas, como si fueran Romeo y Julieta.

Aunque a toda edad los pololeos son importantes, también hay que saber mirarlos con la perspectiva correcta. La vida muestra que la mayoría de los pololeos adolescentes están destinados a pasar y, a veces, la presión de los padres los hace durar más de la cuenta.

En vez de gastar energías en boicotear un pololeo que no se ve fructífero, conviene buscar la manera de mostrarle al hijo cómo es el amor verdadero: un amor generoso que no busca completarse a él, sino hacer feliz al otro.

También un amor tranquilo, que se sostiene en el compromiso y en la confianza, no en las emociones intensas o experiencias adrenalínicas.

Un amor que es un verdadero encuentro de dos almas, no un caminar paralelo por el mundo. Si eso se puede enseñar con el testimonio del propio matrimonio, mejor aún.

Entonces, hay que acompañarlo en su búsqueda del amor verdadero, aconsejando con prudencia y estando cerca para que pueda pedir ayuda.

Abrir la Casa a los Pololos

Algunas veces el nuevo miembro de la familia no es querido sólo porque no lo conocen o porque en realidad no se sabe cómo es el pololeo. Por eso, es bueno ser acogedor con ellos y que los hijos sientan ganas de pololear en su propia casa.

Eso le permite también a los hijos ver cómo se lleva su pololo con su familia, cosa que es muy importante para quienes se llevan bien con sus hermanos y papás.

Además, cuando los papás son abiertos en vez de invasivos, los adolescentes consideran más su opinión.

Y, aunque tal vez no lo digan explícitamente, los hijos que quieren y respetan a sus padres, en el fondo buscan su venia, porque eso les confirma que están tomando una decisión acertada.

Evaluar el Resultado

El fin del pololeo es ser una escuela para el amor. Si eso está ocurriendo, si el hijo está creciendo en su capacidad de entrega, si es cada vez más cariñoso no sólo con la polola sino con toda la familia, si está más alegre, hay que estar tranquilos.

Las señales de alerta son las contrarias: encerrarse mucho, llevarse peor con la familia, dejar de lado personas o actividades que antes le gustaban…

En ese caso hay que estar atentos y encontrar la manera de abrirle los ojos. Conversarlo con mucho respeto y, tal vez, pedirle a alguien con quien se lleve bien, como un hermano o un cuñado cercano, que también lo ayude a reflexionar.

Indispensables

Decir lo que se piensa, pero pensando en el hijo, no en uno.

No ser agresivo ni cerrado.

Ser prudente y objetivo.

Ser acogedor y compartir con ellos.

Saber que la decisión final es del hijo.

Confiar: Los papás que siempre han estado cerca de sus hijos, que los conocen y que han hecho lo posible por enseñarles a usar su libertad, tienen que estar tranquilos.

Pololear: concreción del enamoramiento.

Por Juan Carlos Aguilera, filósofo y profesor universitario.

El enamoramiento, como decía un autor, es una alteración de la atención, una especie de atontamiento y conmoción que a uno lo desordena. El amor, en cambio, lo hace a uno ubicarse, ordenarse.

El enamoramiento coincide con el inicio de la adolescencia, es decir, con el momento en que la persona comienza a descubrirse a sí misma como única.

También con los primeros pasos hacia la madurez, caracterizada por ser dueños de nosotros mismos. Por eso un niño no se puede enamorar.

En el pololeo, se busca el amor. San Agustín decía de manera muy bella que es la época en que: “yo no amaba a nadie, pero buscaba el amor”.

Pero el enamoramiento puede conducir a las puertas del amor, algo maravilloso, una anticipación de la felicidad, porque “feliz el que vive con el amor de su juventud”.

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