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sábado, 23 de abril de 2011

Semana Santa: Lluvia y Frío Impiden Vía Crucis de Viernes Santo por las Calles de Providencia

Por César Antonio Campos, periodista Asociación de Padres

La lluvia caída durante el día y el posterior frío sentido en la tarde, obligaron a los delegados de Pastoral de padres y a la Pastoral del colegio a trasladar al interior del Instituto las estaciones del tradicional Vía Crucis de Viernes Santo.

Primeramente, la comunidad se reunió en el salón Eduardo Frei Montalva para participar de la solemne liturgia de la Adoración de la Cruz, presidida por el padre rector José Agustín Tapia.

Las familias, con una vela en sus manos, recordaron con profunda fe el día en que Cristo murió en la Cruz para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna.

Luego, se dio inicio al conmovedor Vía Crucis, donde los padres delegados de Pastoral de cada curso fueron los encargados de ornamentar y organizar cada una de las XIV estaciones.

Los primeros en leer las lecturas y cargar una pesada Cruz hacia la segunda estación fueron los representantes del Pre Kínder.


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Alumnos y alumnas del colegio caracterizados con trajes de época representaron cada una de las lecturas bíblicas de la Pasión de Jesús, desde que es condenado a muerte hasta que es colocado en el sepulcro.

Retiro Espiritual

Más temprano, alumnos y apoderados se reunieron en el salón Monseñor Enrique Alvear para vivir un sentido y emotivo retiro espiritual a cargo del profesor del colegio Pablo Gálvez.

Luego, la comunidad presenció la obra teatral “Mi Cristo Roto”, protagonizadas por el actor Pablo Aranda y el apoyo musical de Rodrigo Arenas.

La obra da cuenta de la historia de un joven sacerdote, fascinado con la imagen de Jesucristo sólo como obra artística.

Cuando pretende restaurar una imagen estropeada que tuvo la fortuna de hallar en la tienda de un anticuario, recibe una dura reprimenda por el mismo Hijo de Dios.

Así se da inicio a una acalorada discusión, donde se reflexiona sobre lo vano que resulta fingir dolor al contemplar la imagen mutilada, mientras se olvida del verdadero sufrimiento que llevan los hombres de carne y hueso.


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Después, el retiro espiritual continuó en el Aula Magna San Rafael del edificio nuevo, esta vez, a cargo de los delegados de Pastoral de Cuarto Medio, José Contreras y Mercedes Clavero.



Viernes Santo

La tarde del Viernes Santo presenta el drama inmenso de la muerte de Cristo en el Calvario. La cruz erguida sobre el mundo sigue en pie como signo de salvación y de esperanza.

Con la Pasión de Jesús según el Evangelio de Juan contemplamos el misterio del Crucificado, con el corazón del discípulo Amado, de la Madre, del soldado que le traspasó el costado.

San Juan, teólogo y cronista de la pasión nos lleva a contemplar el misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia.

Todo es digno, solemne, simbólico en su narración: cada palabra, cada gesto. La densidad de su Evangelio se hace ahora más elocuente.

Y los títulos de Jesús componen una hermosa Cristología. Jesús es Rey. Lo dice el título de la cruz, y el patíbulo es trono desde donde el reina.

Es sacerdote y templo a la vez, con la túnica inconsútil que los soldados echan a suertes. Es el nuevo Adán junto a la Madre, nueva Eva, Hijo de María y Esposo de la Iglesia.

Es el sediento de Dios, el ejecutor del testamento de la Escritura. El Dador del Espíritu. Es el Cordero inmaculado e inmolado al que no le rompen los huesos.

Es el Exaltado en la cruz que todo lo atrae a sí, por amor, cuando los hombres vuelven hacia él la mirada.

La Madre estaba allí, junto a la Cruz. No llegó de repente al Gólgota, desde que el discípulo amado la recordó en Caná, sin haber seguido paso a paso, con su corazón de Madre el camino de Jesús.

Y ahora está allí como madre y discípula que ha seguido en todo la suerte de su Hijo, signo de contradicción como El, totalmente de su parte.

Pero solemne y majestuosa como una Madre, la madre de todos, la nueva Eva, la madre de los hijos dispersos que ella reúne junto a la cruz de su Hijo. Maternidad del corazón, que se ensancha con la espada de dolor que la fecunda.

La palabra de su Hijo que alarga su maternidad hasta los confines infinitos de todos los hombres. Madre de los discípulos, de los hermanos de su Hijo. La maternidad de María tiene el mismo alcance de la redención de Jesús.

María contempla y vive el misterio con la majestad de una Esposa, aunque con el inmenso dolor de una Madre. Juan la glorifica con el recuerdo de esa maternidad. Ultimo testamento de Jesús. Ultima dádiva.

Seguridad de una presencia materna en nuestra vida, en la de todos. Porque María es fiel a la palabra: He ahí a tu hijo.

El soldado que traspasó el costado de Cristo de la parte del corazón, no se dio cuenta que cumplía una profecía y realizaba un último, estupendo gesto litúrgico. Del corazón de Cristo brota sangre y agua.

La sangre de la redención, el agua de la salvación. La sangre es signo de aquel amor más grande, la vida entregada por nosotros, el agua es signo del Espíritu, la vida misma de Jesús que ahora, como en una nueva creación derrama sobre nosotros.

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