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martes, 8 de septiembre de 2009

El Efecto Protector de la Amistad

Por Neva Milicic, sicóloga.

Cuando Enrique de diez años llegó ese día a su casa contento del colegio y le gritó a su mamá: “Rafael me invitó a su casa, parece que ya tengo un amigo en este colegio nuevo”, estaba reflejando la felicidad que a cualquier niño le da sentirse querido y acogido por un amigo, especialmente cuando está iniciando su entrada a una situación nueva.

El papá de Enrique a pesar que tenía otros planes, se hizo el tiempo para llevarlo, consciente de lo difícil que resulta para los niños integrarse y de lo importante que es para un niño saber que tiene amigos en su colegio.

Las relaciones de amistad están descritas como una de las experiencias más gratificantes y protectoras de los niños y los adolescentes y también de los adultos.

Desde el punto de vista de su desarrollo emocional y social son claves para el equilibrio emocional, y, en los estudiantes, para su adaptación al contexto escolar.

Las buenas relaciones de amistad son una señal de salud mental en tanto que la falta de ellas puede constituir un marcador psicológico, que debe preocupar a padres y profesores por el bienestar socioemocional de los niños que parecen estar aislados socialmente.

Tener un amigo o un grupo de amigos favorece la adaptación social, porque da las claves de cuáles son las actitudes que son valoradas y cuáles son las normas que si se quebrantan le significará estar fuera o excluido.

Así, a un niño que es excesivamente acusete, un amigo puede aconsejarle que mejor no lo haga porque se quedará sin amigos.

Los amigos proporcionan seguridad y confianza en sí mismo. Tener amigos es sentirse querido, cuidado y valorado. El sentirse escogido significa un enorme espaldarazo a la autoestima en la infancia y en la adolescencia.

Los amigos aumentan la motivación por hacer cosas, abren horizontes y muestran mundos nuevos.

Evitan, además, el encapsulamiento y la dedicación exagerada a la computación y a la televisión, que están teniendo nuestros niños lo que disminuye, sin duda, sus posibilidades de interacción social.

El niño(a) que no tiene amigos se va empobreciendo emocionalmente y su encapsulamiento puede ser indicador de un cuadro depresivo.

En la medida que las amistades están bien escogidas favorecen el crecimiento emocional y la autorregulación.

Lo que sugiere el amigo(a) es normalmente más validado que lo que opinan los padres especialmente en la adolescencia. Basta a veces una advertencia hecha por un compañero (a), para que el niño detenga una conducta de riesgo o autodestructiva.

El mismo “no lo hagas” dicho por lo padres no tiene el mismo efecto o incluso puede ser un incentivo a realizar la acción que se quiere evitar, dada la rebeldía normal en la adolescencia.

Por el contrario un amigo mal elegido —como todas las malas elecciones— puede tener un impacto negativo en el desarrollo de la personalidad y especialmente en el comportamiento.

Por ejemplo, relaciones de dominancia-sumisión o de rebeldía caracterizada por conductas agresivas y destructivas, lo que puede conducir a los adolescentes a una escalada de violencia: la búsqueda de autonomía de sus padres pasa por una dependencia excesiva de lo amigos que tienen un alto poder de sugestión.

La innegable influencia de los amigos —sea positiva o negativa— debe hacer consciente la necesidad de tener una política de puertas abiertas con los amigos en cada una de las familias, tanto para facilitar su inclusión en las redes sociales, como para evaluar quiénes son los amigos de nuestros hijos y cómo están influyendo en su desarrollo personal.

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