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Jugar es Crecer

Por Neva Milicic, sicóloga.

El juego es esencial para el crecimiento intelectual y emocional en la infancia.

Pocas veces, los niños son más felices que cuando juegan, y a veces los adultos tendemos a olvidarlos y a no darles la oportunidad de jugar libremente solos o acompañados.

Jugar es la primera forma de simbolizar y de relacionarse que tienen los niños, siendo su aparición incluso anterior al lenguaje.

Por ejemplo, cuando un adulto juega a esconderse tras un pañal y el niño de ocho meses se ríe, el niño establece un vínculo afectivo con el que juega y aprende; no es trivial que la gente que desaparece de su campo visual vuelva aparecer y se la puede reencontrar ya que eso le produce una enorme alegría.

En edades posteriores jugar es una herramienta esencial en el conocimiento del niño de sí mismo; le ayuda a definir sus preferencias, a conectarse con sus emociones y a expandir su identidad.

Para los adultos constituye una fuente de importante información acerca de cómo se perciben los niños, de cómo se relacionan entre ellos y cómo interactúan con la realidad.

En el juego se produce una generación de relaciones afectivas, se enfrentan los miedos, como plantea textualmente sobre el juego, Silvia Palau en su libro “Sentir y crecer “

“Por tanto, este marco es privilegiado para “ensayar” equivocaciones, hacer reales sueños y deseos; expresar las omnipotencias y las rabias acumuladas, reírse de los propios temores, plantar caras a las vergüenzas, satirizar las tristezas y descontrolarse con las alegrías”.

Esta autora sugiere dejar espacios para el juego libre, permitiendo al niño elegir, pero sugiere que con respeto puede intervenirse para ayudarle a exteriorizar su vida interior, así como ofrecerles contextos en que puedan al jugar, ensayar las emociones que menos dominan, en ese contexto de seguridad que es proporcionado por el juego.

Considerando la importancia del juego en el desarrollo infantil, es aconsejable que el contexto familiar y escolar haga propuestas de juegos que tengan la capacidad de motivar a los niños a jugar y los incentiven a involucrarse activamente en ellos.

El desarrollo de las competencias sociales en gran medida se logra en las actividades de juego, por lo que se recomienda generar y proponer (no obligar) actividades lúdicas que favorezcan la interacción y el intercambio entre los niños, de a dos o en grupos pequeños, ojalá cuatro, ya que en la relación de a tres se suelen generar sentimientos de exclusión en algunos niños, habitualmente los más tímidos.

Los juegos que favorecen la exteriorización de sentimientos, como son la creación de guiones, las dramatizaciones y los juegos de roles, utilizando disfraces simples, son muy útiles para el desarrollo afectivo, la empatía y la comprensión.

Es importante que los juegos sean variados de manera de mantener el interés, aunque a petición de los niños algunos pueden repetirse de manera de que se consoliden las competencias lingüísticas, sociales o afectivas que puedan haberse adquirido.

De manera importante, lo que juega una familia en forma conjunta hace parte de la cultura familiar.

El juego promueve la capacidad de cooperar, cuando se realizan actuaciones o juegos cooperativos, ya que la participación y la involucración se hacen indispensables.

En estos casos se favorece la búsqueda de acuerdos al realizar trabajos de grupo, en la distribución de roles, en la elección de los temas, en el fijar turnos y en la definición de los espacios de participación que le corresponden a cada cual.

Al realizar una propuesta de juegos, es necesario buscar favorecer la autonomía personal, respetando la diversidad de género, de intereses y los ritmos personales.

No hay que olvidar que el juego es un derecho y una necesidad de los niños que es importante satisfacer en el espacio familiar.

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