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jueves, 6 de agosto de 2009

Como Vivir las Crisis de los Hijos

Un ritual para asumir un cambio de casa. Hablar no sólo de hecho, sino de emociones con los hijos. Una familia portaviones, que permite a sus hijos emprender el vuelo. Son estrategias para ayudarlos cuando viven momentos difíciles, desde la entrada al sistema escolar hasta la muerte de un ser querido. Las sicólogas Neva Milicic y Ana María Aron dicen que apoyar en un momento de crisis es un arte, pero están convencidas que se aprende.

Por Neva Milicic y Ana María Aron, El Mercurio.

En Oriente dicen que las crisis pueden ser una oportunidad, pero en Occidente a pocos les convence. Sobre todo cuando hay niños viviéndolas.

El nacimiento de un hermano, la entrada al colegio, la llegada a la adolescencia, la separación de los padres, un asalto, son hechos que les afectan y que muchos adultos no saben manejar.

Muchas veces no hablamos de estos temas porque son difíciles y dolorosos, además, piensan que los olvidarán pronto.

Pero la experiencia en la consulta o en el trabajo en colegios es completamente diferente ya que contar lo que les sucede en situaciones difíciles tiene un efecto liberador para ellos, puesto que experimentan alivio al expresar y compartir las emociones con otros.

El sentir que las penas se comparten, de algún modo disminuye la pena. De hecho, se ha dicho, con razón, que una pena compartida es la mitad de una pena.

La reacción de los niños frente a las crisis dependerá directamente de la reacción del adulto responsable. Por eso los adultos tienen y pueden aprender a ver las primeras señales de que el niño está viviendo un momento de conflicto.

En el caso de los preescolares, problemas para dormir, malestares físicos, conductas regresivas o tendencia a aferrarse a adultos significativos son índices.

En el caso de los adolescentes, la agresividad, los olores recurrentes a alcohol, amigos que nunca aterrizan en la casa.

El aislamiento y las mentiras son otros indicadores, al igual que su estilo de ropa, porque la tendencia natural es que se vistan como su grupo de iguales.

Todo cambio supone un enorme desafío de nuevas conductas que aprender, y quedarse en una etapa anterior sería tremendo porque no se evoluciona. Por eso decimos que las crisis no son malas, sino necesarias e indispensables, pero hay que saber vivirlas.

Hay que saber vivir ese estado de pérdida de equilibrio por una situación externa que desestabiliza, que sobrepasa y que exige buscar una nueva forma de enfrentar la vida.

Hay crisis esperadas y no esperadas. Las primeras son parte del ciclo vital y, por lo tanto, es posible anticipar su ocurrencia.

Suceden a partir de los hitos en el desarrollo de las personas y las familias y marcan el paso a una nueva etapa, que impone nuevas demandas.

Por ejemplo, el ingreso al colegio, los primeros cambios corporales. Como Francisco, que fue feliz a su primer día de colegio, pero al día siguiente ya no estuvo tan convencido porque nadie le había explicado que debería ir todos los días.

O Javiera, que nada dijo cuando nació su hermanito y su primita, después de ser por varios años hija y nieta única.

Hasta que la tía del jardín le preguntó qué le pasaba: "Tía, es que yo antes sabía ser contenta y ahora se me olvidó", le respondió, mostrando el poder que puede tener preguntar a un niño aspectos clave de cómo están viviendo los cambios de su vida.

Hemos aprendido a preparar de alguna manera a los niños para las crisis esperadas, más que para las no esperadas.

Éstas ocurren a partir de eventos que irrumpen abruptamente en la vida y por eso tienen un impacto más devastador. Un asalto, por ejemplo, uno de los miedos que afectan a los niños de hoy, según algunas encuestas.

El hecho de que los adultos hayan dejado su propia infancia hace mucho tiempo influye en que olviden con facilidad el modo en que los niños piensan, sienten y entienden los hechos que los rodean.

Por eso existen varias creencias falsas que no ayudan. Por ejemplo, "Los niños no se dan cuenta de lo que está pasando"; "Si algo malo ocurre, es mejor no decírselo"; "Salen tremendamente dañados cuando se enteran".

Lo cierto es que lo que daña a los niños es el silencio y la tergiversación; la falta de un adulto significativo con el cual compartir lo que les ocurre.

Un niño necesita comprender lo que está ocurriendo. Necesita sentirse fuera de peligro, saber que lo están protegiendo, estar cerca de sus seres queridos.

Y los adultos pueden aprender a ayudarles. El apoyar en un momento de crisis es un arte, pero también una ciencia.

No minimizarlas porque de esa manera no nos hacemos cargo de lo que sucede, y hay que estar alerta a las primeras señales antes de que el problema sea más grave.

Sean esperadas o no esperadas, hay incertidumbre de no saber cómo actuar, de ahí la importancia de tener redes de personas cercanas que sean "continentes de la angustia", que digan No te preocupes, todos nos hemos angustiado.

Las personas que tienden a acercarse a uno en situaciones de crisis son quienes llamamos el grupo del primer círculo.

Conocer y Expresar Emociones

El lenguaje es uno de los recursos emocionales y cognitivos más esenciales y por eso hay que hablar de emociones con los niños, no sólo de hechos. Pero en general hay poca comprensión sobre la ambivalencia de las emociones.

Todas las emociones suelen estar mezcladas y eso es legítimo. Lo no legítimo es no poder expresarlas sanamente.

Antes de que naciera el hermanito de Lucas, de siete años, sus papás compraron el coche y lo llevaron a la casa. Lucas lo vio y dijo rápidamente: ¿Éste es el coche del que se caerá mi hermanito cuando nazca? Lo importante es dar espacio para que el niño se pueda expresar.

¿Cómo se da espacio? Preguntando y también empatizando, diciéndole entendemos que tengas rabia, a todos nos pasa, pero también teniendo una preocupación especial por ellos.

Muchas veces, el niño no siente lo que tiene que sentir y eso no es un éxito, sino un fracaso social, porque de alguna manera se le incentiva a que aprenda a disociar, a no registrar lo que siente.

En cambio, cuando las personas poseen lenguaje emocional y son capaces de identificar las emociones, ponerles nombre, se manejan mejor, realizan menos conductas impulsivas.

Si, por ejemplo, soy capaz de expresar que tengo rabia, probablemente no necesitaré golpear a otro o lanzarle un objeto para explicarle lo que siento.

Muchos de los niños y adolescentes que tienen conductas impulsivas no poseen un lenguaje emocional que les permite descomprimirse de a poco.

Hay que ayudarles a ponerles palabras a lo que sienten, prestarles palabras, y también ayudarles a cambiar los relatos cuando éstos no son tranquilizadores.

De esa manera van aprendiendo a sintonizar emocionalmente con el otro, un aspecto tan relevante para la convivencia.

Hemos aprendido de Boris Cyrulnik sobre la importancia de incorporar nuestras experiencias a la vida, hacernos una narrativa sobre lo que nos pasó, contarnos un cuento para poder darle un significado. Y eso con los niños y adolescentes se hace poco.

Es en esas situaciones que descubrimos las fantasías de los niños, como cuando había dos amiguitos que conversaban sobre dos niños que conocían y habían muerto, y se preguntaban cuál de los dos era el mayor en el cielo, si el que había llegado primero o el que había llegado después.

Cualquier narrativa que se hagan es buena, porque los tranquiliza. Y si no es así, se les ayuda a modificarlas.

Cuando se ha conversado además antes con los niños y adolescentes sobre situaciones complicadas, y se ha hecho en un clima cordial y honesto, ellos tendrán lenguaje para expresarse y pedir ayuda.

Esto es claro, por ejemplo, con la sexualidad o conflictos escolares como un bullying.

Descomprimir, Contener y Proteger

Otro aspecto que ayuda a superar las crisis es la ritualización. Con un cambio de casa es fácil de ejemplificar, que aunque puede ser visto como algo trivial, sí afecta a los niños.

Quizás el niño partirá a una casa más grande, donde tendrá pieza solo, pero dejará amigos, recuerdos, y eso puede gatillar una crisis.

La ritualización implica entonces despedirse de la casa, decir lo bien que lo pasó esos años, qué significó para la familia. O cuando nace un hermanito, proponer hacer un álbum con el hijo mayor para que vea cómo era cuando chico.

Descomprimir, contener y proteger son otros pasos clave. La contención significa estar ahí disponible e implica una presencia activa, pero no invasiva, y es muy importante durante la adolescencia.

Casos que remecen a la comunidad, como aquel del joven Sergio Aguayo, que murió apuñalado, debería ser tema en todas las familias y colegios del sector para reflexionar en un ambiente protegido.

Los adolescentes tienen muchas ideas, pero no cuentan con espacios dónde expresarlas.

También son esenciales las relaciones de intimidad de uno a uno; salir con los hijos por separado, en que conversen de cosas cotidianas y de otras emocionalmente importantes. Ayudará a la creación de vínculos.

También conocer a los amigos. Un estudio dice que si se conoce el nombre de al menos tres amigos adolescentes de sus hijos, estarán en menos riesgo.

Cuando son más grandes, es importante que la familia asuma, además, el rol de ser una plataforma de despegue o también llamada familia portaaviones.

Es decir, tiene que ser una plataforma suficientemente fuerte como para que los avioncitos chicos puedan despegar y vuelvan a reabastecerse, especialmente cuando son grandes y quieren, por ejemplo, irse a vivir solos.

Las familias portaaviones tienen una base suficientemente fuerte como para que los avioncitos puedan despegar y no se hundan en la plataforma o queden varados.

Si, por ejemplo, la madre está deprimida con la partida y el padre lejano, a los hijos les costará más emprender su vuelo. O bien si no están dispuestos a recibirlos de vuelta.

La angustia de partir será demasiado grande si les dicen, por ejemplo, váyase, pero no vuelva a pedir nada.

Para ser una buena plataforma de despegue es importante que haya vínculos emocionales sólidos y un ambiente emocionalmente seguro, ya que en ese contexto el vínculo nunca está en juego.

No se percibe como reemplazable. Las personas se pueden enojar, no estar de acuerdo, pero hay un vínculo sólido que permite el despegue.

*Neva Milicic y Ana María Aron son las coordinadoras de los diplomados Intervención en crisis: ¿Cómo responder al impacto social e individual? e Intervenciones postraumáticas: aspectos clínicos y psicosociales, del Centro de Estudios y Promoción del Buen Trato de la Universidad Católica. Más informaciones en www.buentrato.cl y 3545445.

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