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martes, 19 de mayo de 2009

La Crítica Adolescencia

Por Neva Milicic, sicóloga.

Que los adolescentes constituyen un grupo de riesgo es un hecho poco discutible. En esta etapa hay un aumento importante de los trastornos del ánimo, se incrementan los cuadros depresivos, los trastornos de alimentación y los accidentes de tránsito.

Los grandes cambios sufridos en el plano biológico, parecen ser responsables de las alteraciones en el equilibrio emocional que caracteriza esta etapa del ciclo vital. Presentan, además, mayor prevalencia de trastornos de conducta.

Toda esta problemática sin duda tiene un impacto negativo en la convivencia familiar, ya que suelen poner en jaque a sus padres con sus conductas rebeldes y desafiantes.

Sandra Aamodt y Sam Wang, autores del libro “Entra en tu cerebro”, que son dos reconocidos médicos investigadores en el área de las neurociencias, al referirse a la rebeldía que aparece en la adolescencia, reportan que ellos mismos, ahora dos adultos responsables y exitosos, habían tenido nada menos que cinco accidentes de autos y tres visitas a los servicios de urgencias entre los dos.

Estos sucesos, habrían ocurrido cuando ellos tenían entre trece y veintisiete años.

Una explicación posible a la mayor propensión a tener accidentes en los adolescentes radicaría en el hecho que presentan una menor capacidad de controlar los impulsos, en relación a los adultos y los niños, lo que los lleva a correr más riesgos, ya que no anticipan suficientemente las consecuencias de sus actos.

Además, como sus amigos están en la misma etapa, tienden a alentarse recíprocamente, a correr aventuras, que sin duda implican riesgos.

En la adolescencia se valora más lo original y la interacción con los pares, por lo que la presión del grupo es muy importante.

Una de las explicaciones posible de esta inestabilidad adolescente, es lo que se ha llamado “La maduración retardada del cerebro”, que aunque aún no cuenta con evidencia definitiva, según los autores citados, tiene un cierto nivel de respaldo científico.

Este respaldo estaría fundado en el hecho que el proceso de mielinización en el córtex frontal, que es el encargado de las conductas inhibitorias, no se completa hasta el inicio de la edad adulta.

En tanto que otras regiones del cerebro han alcanzado su nivel de madurez tanto en tamaño como en el proceso de mielinización.

Esta disarmonía en el proceso de desarrollo, según Sandra Aamodt y Sam Wang, podrán estar a la base del hecho que las emociones no estén suficientemente autorregulados.

Si bien en cualquier etapa controlar las emociones es un desafío complejo, los cambios hormonales, y las alteraciones en la bioquímica del cerebro, hacen más difícil la tarea para los adolescentes.

Si bien estas explicaciones provenientes de la neuro-ciencia, podrían servir de consuelo, a los padres que se encuentran abrumados por los cambios conductuales de sus hijos, que muchas veces les resultan impredecibles, hace más necesario tener conciencia que, por estar en una etapa altamente vulnerable, necesitan del afecto y la sabiduría de sus padres, quienes tienen que lograr entregarles la contención emocional que requieren, para pasar con éxito esta etapa tan crítica de su desarrollo.

La fuerza de los vínculos establecidos en etapas previas es sin duda un factor protector, que hará más fácil superar la crisis de adolescencia.

Afortunadamente, junto con estas características difíciles, los jóvenes tienen rasgos maravillosos como su capacidad de altruismo, su creatividad, y sus deseos de cambiar el mundo, que permiten tener un diálogo padres-hijos que constituye un poderoso factor protector.

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