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martes, 24 de febrero de 2009

No al Monólogo Paralelo

Por Neva Milicic, sicóloga.

Para lograr una comunicación realmente empática con los hijos, es necesario tener un nivel de apertura emocional que nos permita vincularnos emocionalmente, con sus necesidades y emociones. Decimos que hay un monólogo paralelo cuando cada uno se centra en lo que quiere decir, en sus propias necesidades, en vez de focalizarse en escuchar al otro.

En el excelente libro de Juan Casassus, “La educación del ser emocional”, publicado en el año 2007 por la editorial Cuarto Propio, hay un capítulo sobre la empatía en la comunicación que me sugirió lo importante que resulta que los padres comprendan que en toda comunicación ocurren, como dice el autor, “dos conversaciones”. Estas dos conversaciones están fluyendo desde las intenciones, las necesidades, las emociones y los juicios de quienes están involucrados en el proceso de comunicarse. Si una de las personas que se está comunicando está atento y focalizado sólo en lo que él quiere decir, habrá problemas. Un ejemplo en esta doble conversación es el diálogo de una madre con su hija que está iniciando la adolescencia, sobre el controvertido tema de los permisos.

Hija: -Quiero irme a alojar a la casa de Pilar.

Mamá: -No me gusta que alojes fuera.

Hija: -Pero es que yo quiero ir y tú nunca me dejas.

Madre: -Tú sabes que para eso no hay permiso.

Final de la historia: la hija da un portazo y se encierra en su pieza. De esta forma, la mamá se quedó sin saber una cantidad significativa de información emocional que le hubiera ayudado a comprender qué sentía su hija. Pero se cortó el flujo de la comunicación.

¿Qué es lo que había en la intención de esa mamá? La preocupación muy legítima, por cierto, de que su hija no corriera riesgos. Esta actitud estaba en gran medida causada porque una vez, cuando ella misma era niña y se había alojado en la casa de una compañera, de una familia “muy respetable”, había sufrido el acoso del exhibicionista padre de su amiga.

La conversación podría haber tenido otro rumbo si la madre, antes de imponer su no al permiso, hubiera abordado el contexto desde el cual su hija le estaba solicitando autorización para alojar en casa de su amiga. El contexto era el siguiente:

Elena, de 13 años, quería ir con sus amigas a un pijama party. Las otras compañeras iban desde los 12. Como era tímida, le importaba la pertenencia a su grupo. Si no iba la llamarían “perna”. En la semana, se sentiría excluida de las conversaciones que tenían sus amigas sobre el tema. En una conversación posterior en que la mamá se conectó con la pena de su hija y con su sensación de exclusión, a su vez ella le contó sus temores y su experiencia infantil.

El hecho de que la reunión fuera de cuatro niñitas, que el papá de Pilar, la dueña de casa, estuviera de viaje y que lo más probable es que no fuera un acosador, tranquilizó a la mamá. Además, le pasó un celular y le dijo: Si algo te pasa, di que te sientes mal (y no es mentira) porque el malestar psicológico existe, llámame por teléfono y te voy a buscar.

Una conversación abierta supone escuchar las intenciones de la persona con que se está hablando, entender las emociones que tiene, cual es el juicio que se ha hecho de la situación y, sobre todo, entender en qué contexto se está dando la conversación y cuáles son las necesidades que están implícitas en ella. Pero también supone darse cuenta de esos mismos aspectos en relación a uno mismo, de manera de tener conciencia de las propios necesidades y emociones, que están involucradas en toda comunicación.

Cuando sucede una comunicación abierta, los riesgos de caer en el modelo paralelo disminuyen y es posible tener una comunicación empática con los hijos.

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