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La Inteligencia Emocional y el Cambio

Por Neva Milicic, sicóloga.

Uno de los signos de la inteligencia emocional es la capacidad de percibir los cambios que suceden en el ambiente y tener la capacidad de adaptarse a ellos, lo que a su vez supone estar abierto a modificar los propios comportamientos.

A los padres hay muchas características personales que les gustaría que cambiaran en sus hijos. Por ejemplo, a lo mejor les gustaría que fueran más valientes, más comprometidos, más responsables. Siempre se tiende a pensar que los cambios los deben hacer los otros, sean ellos un hijo(a), los compañeros de trabajo o la pareja. Pero, para que haya cambios, la mayoría parte de las veces ellos deben iniciarse o provenir de uno mismo.

Reflexionar sobre los propios hábitos educativos puede ser la clave para producir el cambio en los hijos. Por ejemplo, si somos muy críticos, será difícil que los niños confíen en sí mismos. Si los padres son poco expresivos emocionalmente, ¿cómo se podría pedir a los niños que sean cariñosos y expresivos, o que pierdan el miedo o superen la timidez?.

Pensar sobre sí mismos, más que en el otro, puede inducir al cambio con más eficacia que presionar a los otros a que cambien. Cuando los padres se abren a reflexionar con honestidad acerca de sí mismos a veces descubren hábitos emocionales y conductas que es necesario modificar. Para cambiar, es necesario aprender a desaprender, y dejar de hacer lo que se está acostumbrado a realizar.

Los padres, y especialmente las madres, han sido socializados para cuidar a otros, y ello puede conducir en ocasiones a ser muy sobreprotectores(as) y a convertir en los niños en personas poco independientes, a las que en el futuro, como producto de la sobreprotección, les faltará autonomía en el sentir, en el pensar y en el actuar. Desaprender la actitud de solucionar todo a los hijos y más bien ayudarlos a encontrar la solución los llevará a una conducta más autónoma. Pero lograr superar esta tendencia es un trabajo no siempre fácil.

Un padre se quejaba de que sus hijos eran muy fríos y distantes con él y al analizar cuál podría ser la causa de esta distancia, él concluyó que lo más probable es que fuera su mal genio. El tenía hábitos emocionales que lo llevaban a perder el control sobre sí mismo, liberando la agresión a través de frases dañinas y destructivas que además dañar el autoconcepto de su hijo habían alterado la relación, produciendo un alejamiento. Mientras más inteligentes y más hirientes sean los conceptos que usted utilice para corregir a un niño, mayor será el daño que cause y más se aumentará la distancia con sus hijos.

Este papá, al cambiar, por cierto con mucho esfuerzo, sus hábitos emocionales, y desaprender la tendencia a lanzar lo primero que venía a la cabeza, mejoró las relaciones con sus hijos, y la relación cambió hacia una posición de mayor cercanía.

Aprender y desaprender son dos caras de la misma medalla en la autorreflexión sobre qué hábitos se tienen que dejar y cuáles serían necesario adquirir; la perspectiva de cómo lo vive el otro es esencial. Mirar con bondad y ternura ayuda a conectarse y a saber qué necesita mi hijo de mí, y qué, de lo que estoy haciendo, puede estar dañándolo o alejándolo.

Aunque es difícil, si se tiene la motivación suficiente, las personas pueden cambiar. Evaluar qué puede hacer usted para cambiar puede ser muy iluminador. Si logra hacerlo, posiblemente ello tendrá como efecto cambios a su alrededor.

Una actitud positiva favorece en los otros el deseo de mejorar. Sin duda, sus esfuerzos por cambiar serán percibidos por los otros como una actitud positiva y de acercamiento, que contribuirá a desarrollar su inteligencia emocional y la de su hijo.

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