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martes, 6 de enero de 2009

El Valor de la Retroalimentación Positiva

Por Neva Milicic, sicóloga.

Al recibir un comentario positivo acerca de sí mismo, de una persona con la que tiene vínculos positivos, el niño o el adolescente, ciertamente experimenta una sensación de bienestar emocional que es siempre gratificante. Pero, sobre todo, se siente confirmado en los aspectos positivos de su personalidad y eso es favorable para su desarrollo emocional.

Pocas cosas se mantienen con más fuerza en la memoria emocional que el recuerdo de recibir una opinión positiva acerca de sí mismo, que se percibe como verdadera y cargada de emoción. Al recibirla ingresa en el sistema emocional del niño un mensaje poderoso acerca de sí mismo que tendrá un gran valor de programación personal.

No es sólo lo que se dice, sino cómo se dice lo que explica la eficacia de los mensajes positivos. Para que el registro sea positivo es importante cuidar la forma y la intensidad, si lo que se busca es lograr un enriquecimiento de la imagen personal.

Una adolescente, Isidora, que era bien aplicada, contaba entre sus lindos recuerdos que cuando era muy pequeña su abuelita le había dicho: “Me encanta tu interés y tu capacidad para aprender”. Ella comentaba: “Aunque yo no sabía muy bien qué significaba esa opinión de la abuela, se me quedó grabada en mi memoria como que era algo muy bueno. Entendí que era una característica mía de la que podía estar orgullosa. Además, ella solía llevarme libros y revistas de regalo y comentaba con sus amigas lo buena lectora que era yo, porque me interesaban los libros. Cuando ella hacía estos comentarios, yo me sentía muy bien conmigo misma”.

Ciertamente la relación de Isidora con esta abuela era muy especial, porque ella se sentía muy valorada intelectualmente por ella. Y como las relaciones son recíprocas, en la medida que ella se sentía reconocida y visibilizada por su abuela en sus características positivas, estableció con ella una relación de cercanía y afecto que ha perdurado en el tiempo.

Por supuesto, hay que dar retroalimentación en forma verdadera. Es decir, cuando el comportamiento del niño corresponde con lo que se le dice. Por ejemplo, decirle que es esforzado y trabajador, cuando efectivamente se está esforzando por terminar un dibujo o en hacer algún ejercicio. Si se le dice cuando no está en esa actitud, el niño puede percibir el mensaje como una ironía.

Cuando uno quiere sembrar un concepto, por ejemplo, de que el niño o niña son esforzados, es posible desafiarlos a realizar una tarea no muy difícil, que sea de su interés y que sea entretenida para el niño, de manera que se motive a desplegar esfuerzos. En este contexto se le podrá dar la retroalimentación que el niño necesita para progresar en el área del esfuerzo.

No eche a perder su trabajo con comentarios que anulan el efecto de la retroalimentación positiva, por ejemplo diciendo: “Claro, como te gusta le pones empeño” o “así podría ser siempre y te iría mejor”. Estos comentarios agregados —que son muy característicos de la “Cultura Parental”— echan a perder, el trabajo realizado.

Si los padres aprenden a frenar y a simplemente reconocer las características positivas o las virtudes de los niños, no habrá respuestas que echen a perder la imagen personal de los niños y también lograrán mejorar los vínculos con sus hijos. Recuerde que una gota de miel es siempre mejor que un tonel de miel.