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domingo, 2 de noviembre de 2008

Los Padres Decidieron No Tener Autoridad sobre sus Hijos

Aldo Naouri, reconocido pediatra francés, entrega su visión sobre la nueva realidad familiar.

Por Daniela Mohor, El Mercurio.

Ser padres, dice el doctor Aldo Naouri, es la "aventura más difícil y más apasionante que pueda vivir el ser humano". A los 71 años, este pediatra, autor de más de 10 libros, sigue más activo que nunca. Oficialmente, se jubiló en 2002, y ya no recibe pacientes en la consulta que tiene hace más de 40 años en la rive gauche parisina. Pero en la capital francesa, el doctor Naouri sigue siendo una referencia. Viaja frecuentemente al extranjero a dar charlas, lo entrevistan y lo buscan permanentemente para tener su opinión sobre todo tipo de temas relacionados con educación y familia.

Apasionado por la sicología y las ciencias humanas, fue uno de los primeros en desarrollar una mirada integral sobre la infancia y la salud de los más pequeños, concibiendo su consulta como una instancia de diálogo con los padres y no sólo un espacio en el que se examina a los niños. Por eso, más de una vez fue acusado por sus pares de mezclar medicina y sicoanálisis, y sus planteamientos algo atrevidos han generado controversia.

Eso, sin embargo, no le impidió mantener siempre su consulta llena. Familias de todos los perfiles socioeconómicos llamaban para pedir una hora con él en busca de sus consejos. Esa experiencia le permitió observar en primera línea los cambios que ha vivido la familia en las últimas décadas y desarrollar todo un diagnóstico que plasmó en "Éduquer ses enfants, lurgence daujourdhui" (Educar a sus hijos, la urgencia de hoy), su último libro que publicó en marzo pasado en Francia y que sale en España a fines de octubre.

–Según su experiencia, ¿cuál ha sido la evolución de la familia y de la educación de los niños en los últimos 40 años?

–Es una evolución extremadamente lamentable. En el mundo occidental vimos a una sociedad rica sucederle a una sociedad de penuria en la que el mensaje subliminal con el que uno llegaba a la vida era que uno no puede tenerlo todo. Eso les daba dinamismo a los individuos que pensaban "Ya que no puedo tenerlo todo, más vale tratar de hacer todo para tener lo más posible". Era un mensaje que posicionaba la noción de esfuerzo y también la de una frustración relativa. Se vivía en la esperanza.

Luego llegamos a una sociedad de la abundancia, por lo que tenemos que felicitarnos. Pero el problema es que pasamos de una sociedad de la abundancia en la que uno podía tener más cosas que antes a una sociedad de la abundancia en la que, debido a los mecanismos de la sociedad de consumo, se estableció un nuevo mensaje: ahora no sólo puede tenerlo todo, sino que tiene derecho a todo. Y cuando la gente escucha eso, no tiene por qué pensar que tiene que hacer esfuerzos. Lo que ocurre entonces es que toda limitación a ese derecho es vivida como un proceso extremadamente violento.

–¿Y ese cambio que implica para la familia?

–Dentro de la familia ocurre exactamente lo mismo. En la sociedad de penuria había padres extremadamente preocupados de educar a sus hijos dándoles la mayor cantidad de chances posibles en la existencia y que adherían por eso a valores humanos que funcionaron durante tiempos milenarios. En el pasado, si el campesino no cultivaba su campo, no comía. Existía la idea de que había que hacer un esfuerzo para subsistir y eso significa que uno miraba al niño no enfocándose en el niño en el lugar en que estaba, sino que en su proceso para convertirse en adulto. Existía una autoridad natural por parte de los padres y un sentido de responsabilidad en el desarrollo de los niños. La relación entre padres e hijos era vertical. El niño sabía que tenía padres, a los que temía porque ellos no buscaban para nada ser queridos, sino educarlo. A partir del momento en que la sociedad de consumo difundió el mensaje de que uno puede tenerlo todo, los padres cambiaron totalmente de perspectiva frente a sus hijos. Se llegó a la idea de que no había ningún motivo para que un individuo potente tuviera autoridad sobre un individuo menos potente. Entonces los padres no sólo no tienen autoridad sobre sus hijos, sino que decidieron no tenerla. Entraron en una relación horizontal con el niño.

Madres vestales

Según el doctor Naouri, ese vuelco en la relación padres–hijos tendría consecuencias graves. Mientras la salud física de los niños ha mejorado de manera impresionante, afirma, la salud síquica está decayendo. "La evolución de los niños está tremendamente retrasada debido a la actitud parental. Hay atrasos en el desarrollo del lenguaje, en la maduración corporal, y hemos visto aparecer educadores de todo tipo. Hay trastornos importantes y eso es porque hoy no se interviene con ellos para protegerlos de la violencia de sus pulsiones. Entonces crecen lentamente. Asimismo, hoy la adolescencia tiene una duración larguísima. Se llega a la edad adulta cada vez más tarde", lamenta.

El pediatra explica que al establecer una relación horizontal con sus hijos, los padres se olvidan de que los niños no tienen los mismos medios de los que dispone una persona adulta y que al no tomar esa diferencia en consideración generan en ellos profundas angustias. "El niño, durante mucho tiempo es víctima de la violencia de sus pulsiones. Cuando uno está en el avión y detrás va una guagua llorando, sabe que no puede hacer mucho. O cuando un niño en el tren se acerca a uno y escupe. Ahí es cuando hay imperativamente que poner límites, porque dejar al niño atrapado por ellas es dejarlo en la tortura y la angustia. Ponerle límites e indicarle los suyos es algo que lo ayuda tremendamente en la vida".

En ese sentido, el rol de las madres sería fundamental. Y la confusión de las mujeres de hoy frente al desarrollo de sus hijos, una de las principales dificultades. Aldo Naouri explica que cuando el niño, pasado el primer año de vida, deja de sentir que él y su madre son uno, entra en conductas difíciles de manejar. "Cuando el niño se percibe como separado de la madre, de repente le surge la idea de que quizás ella no sólo esté para protegerlo, sino que podría hacerle daño. Eso se expresa a través de una angustia de la separación. El niño empieza entonces a defenderse de su madre usando una especie de omnipotencia ilusoria que le permite luchar contra esa angustia. Y esa potencia ilusoria la demuestra de todas las maneras posibles: botará la cuchara al piso veinte veces seguidas cuando come, hará todo tipo de caprichos, pondrá problemas a la hora de dormirse, se arrancará la ropa cuando lo viste su madre, etc... Ahí es cuando hay dos reacciones posibles. Una es poner límites como lo hacían las madres de antes que decían: está todo bien, no hay razón para que llores, pero si quieres seguir llorando igual, dale, yo me voy. Y la otra es la de las madres de hoy que buscan ser queridas por sus hijos y se convierten entonces en vestales de sus hijos (las vestales eran sacerdotisas de la antiguedad romana, que simbolizan el sacrificio permanente). Son madres que satisfacen todos sus caprichos, les dan todo lo que piden, recogen veinte veces la cuchara. El resultado es que los convencen de que tienen razón de ser así, lo que hace que se conviertan en tiranos, cosa que seguirán siendo en la vida adulta".

–¿Por qué las madres de hoy temen tanto no ser queridas?

–Esa es justamente toda la problemática femenina y maternal. Un ser femenino encuentra un sentimiento de potencia al satisfacer las necesidades de un tercero. Y el niño es un perfecto tercero con necesidades. Cuando las mujeres dan a luz, algo en su lógica queda trastocado. Y cuando el niño crece dicen ya no tengo esta sensación maravillosa de tener un tercero del que satisfago las necesidades, entonces voy a tejer alrededor de mi hijo un útero virtual que se extiende hasta el infinito.

–Pero si es parte de la esencia femenina, ¿por qué ese comportamiento no se daba tanto antes?

–Porque, por un lado, hasta ahora tenían otras preocupaciones y, por otro lado, tenían al frente un hombre con un estatus de padre sostenido por el discurso social y que contrarrestaba la pulsión materna de la mujer. Con sus comportamientos egoístas –es decir, que la perseguía sexualmente aunque ella no quisiera– el padre le impedía entregarse totalmente a esa maternidad. Hoy, en cambio, con la extensión de la noción del derecho, las mujeres dicen que no tienen por qué ser más "razonables" frente a sus hijos. Ya no hay contrapeso.

Padres perdidos

Las madres, no obstante, no tienen toda la responsabilidad del malestar de los niños de hoy. El doctor Naouri insiste en que los hombres también viven preocupados de que sus hijos no los quieran y buscando permanentemente su cariño. "Esos hombres, al no contar más con el discurso social que los apoyaba en su rol, no saben más cómo ser padres. Además, hoy se les pide ser otras madres. Se les pide satisfacer integralmente las necesidades de sus hijos, sin nunca ponerles límites. Se les pide sacrificarse por sus hijos y eso no es muy masculino. Lo masculino es un ser profundamente egoísta. Y ese egoísmo es el que permite hacerle contrapeso a la enorme disponibilidad femenina", dice el pediatra.

Según el doctor Naouri, el rol del padre no consiste en repetir las funciones de la madre. "Puedo asegurar que, entre los 0 y los 3 años, el hombre es inútil en todo lo que tiene que ver con los cuidados hacia el niño, en la medida en que si lo muda o le da la mamadera, por ejemplo, es percibido por el niño como un sustituto de la madre. Por eso, podría perfectamente no hacerlo y limitarse a jugar de vez en cuando con el niño que lo ve y sabe que existe. En cambio, a esa edad, el padre es tremendamente útil cuando se ocupa de la madre como amante. Es decir, que le permite a la madre vivirse como mujer y evita que caiga en el abismo de la maternidad. Además, le permite al niño entender que su madre no es exclusivamente suya".

–¿El padre no ejerce un rol directo sobre el niño?

–El rol del padre no es tan directo como uno lo imagina. Por ejemplo, una madre cambia a su guagua y altiro queda limpia; le da de comer, queda sin hambre. El rol del padre no es tan visible y funciona a más largo plazo. ¿Por qué? Porque como la madre siempre satisfizo las necesidades del niño, cuando le dice que no a algo, el niño piensa que esa negación no puede venir de ella, que sólo puede venir del padre. Y pone en el mismo canasto el padre y la autoridad, y lo hace de manera progresiva, aunque él nunca le prohíba nada.

–¿Y por qué eso es tan importante para el niño?

–Porque le permite sentir que tiene arriba suyo dos personajes. Uno que lo satisface en el inmediato y de manera concreta que es la madre. Pero esa mamá no es toda para él. Le pertenece al papá y eso lo frustra simbólicamente. Esa frustración simbólica pone en su lugar todo el resto, incluso la noción de esfuerzo.

–¿En qué momento el padre empieza a jugar un papel más directo?

–Los niños crecen y los padres van a establecer una comunicación con ellos que les permite darse cuenta de que no sólo hay una madre y no sólo hay un comportamiento. Que pueden imitar a la mamá o al papá. Pero, sobre todo, los padres lo son a partir del momento en que se empeñan en ser importantes para la madre. La mejor definición de un padre es el hombre que le importa a la madre. Si es importante para la madre, entonces es fantástico para el niño. El niño ve al padre a través de los ojos de la madre. Cuando mis pacientes me preguntan qué hacer para ser buenos padres, les digo ¡arrégleselas para que su señora esté permanentemente enamorada de usted!

Así como los hombres pueden ser buenos padres y ayudar a evitar que las madres consientan demasiado a sus hijos enamorándolas, según el doctor Naouri, las mujeres también pueden actuar para salir de la situación de crisis familiar que existe hoy en día. "A ellas les digo: Sean egoístas, piensen primero en ustedes, después en el niño. Eso significa que no tienen por que ser de una perfección absoluta, ni conocer todas las nociones médicas o lavar la ropa del niño aparte para ser buenas madres. Si ellas se las arreglan para estar cómodas con su rol, él niño lo estará también", enfatiza.

Y a las madres culposas por trabajar, les asegura que no es necesario compensar sus diez horas de ausencia en el poco tiempo que pasan con sus hijos. "No hay que compensar la cantidad con una calidad extrema. En una hora y media no le puede dar a su hijo lo que quisiera haberle dado en un día entero. Además, un minuto después de que la madre llega a la casa, el niño vive el día de espera como si ella hubiera estado con él. Es como cuando uno era adolescente y pasaba dos o tres días esperando ver a la polola. Pasaba ese tiempo en la espera, en la esperanza. Y cuando ella aparecía, de repente llenaba todo ese espacio de espera. Era como si no hubieran estado separados ni un minuto".

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