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martes, 2 de septiembre de 2008

La Difícil Conciliación entre Familia y Trabajo

Por Neva Milicic, sicóloga.

Para muchas madres, el trabajar en forma remunerada fuera del hogar constituye la única opción posible, porque su aporte económico es esencial para la subsistencia familiar.

Y hago la aclaración, que en forma remunerada fuera de su casa, porque el trabajo doméstico que hace una dueña de casa, es una forma de trabajo, poco reconocida y que consume muchas horas.

Existe un cálculo que demuestra que si se contabilizará el tiempo que dedican las mujeres al ámbito doméstico, ellas realizarían el setenta por ciento del trabajo del mundo.

Cabe así preguntarse, ¿cuántas horas trabaja una mujer que no trabaja? Para otras madres, que no tienen una necesidad imperiosa de ganarse la vida y pueden dedicarse a tiempo completo al cuidado de los hijos, la opción de un trabajo remunerado constituye a veces un dilema de no fácil solución.

Por diferentes que sean estas realidades, para ambos grupos de mujeres, el conflicto entre las exigencias del trabajo y las demandas de la familia es parte de un monólogo interno caracterizado por una tonalidad culposa que las hace sentir que están abandonando a sus hijos, o que no están cumpliendo a cabalidad lo que quisieran rendir, o lo que se espera de ellas en el contexto laboral.

En un capítulo de mi libro “Construir la familia que soñamos”, me centré en explicar este concepto que las madres describen como su “pesada mochila de las culpas”. Curiosamente, este síndrome es casi exclusivamente femenino, ataca a pocos padres por “trabajólicos o abandónicos” que ellos sean.

El condicionamiento social, sin duda, influye poderosamente en esta sensación de culpa femenina. Basta un ejemplo para graficar esta idea: ¿Cuántas veces ha escuchado o leído en una entrevista que se le pregunte a un hombre cómo compatibiliza el trabajo con la vida familiar? Se asume que la tarea de cuidar a los hijos es algo exclusivamente femenino, como si el hecho de embarazarse y la lactancia dejara adscrito para siempre y en forma casi exclusiva al rol materno el cuidado de los hijos. Esta creencia es bastante extendida y dañina, a pesar de la evidencia de lo positivo que resulta para los hijos la involucración de ambos padres en su cuidado y educación.

Una de las formas más eficientes y beneficiosas para los hijos de armonizar el trabajo y la familia de las madres es que la función educativa se comparta con el padre cuando ello es posible. Y me refiero a compartir, no a que los padres ocasionalmente cooperen o les den, como suele decirse, una manito a sus atareadas parejas, en el trabajo doméstico.

Para los hijos y las hijas, es extraordinariamente favorable para su desarrollo emocional y cognitivo, percibir a su papá preocupado y atento a satisfacer sus necesidades físicas emocionales: no se trata de endosar a los padres una tarea para disminuir la carga que pesa sobre las madres (que ya es una buena razón ), sino lograr a través de la participación del padre en la crianza que los niños y los adolescentes, que los hijos y las hijas puedan tener un mayor apego y vinculación con la figura paterna: de este modo el padre se transformará en una figura con la cual identificarse y que a su vez que les permita sentirse protegidos.

La presencia activa del padre es una ayuda invalorable en la compatibilización de roles para la mujer y, qué duda cabe, favorece la relación de pareja, por la sensación de justicia y valoración de los roles que ello significa.

La participación de la redes personales, familiares (nanas, abuelas, abuelos, tíos, padrinos, amigos, vecinos) cuando existen, deben ser un recurso al que recurrir y agradecer, porque permiten cumplir los múltiples roles familiares y laborales con mayor tranquilidad, eficiencia y menos desgaste.

Un factor que favorece significativamente la integración de los roles familiares y laborales es la actitud de las instituciones y las empresas hacia la familia. Cuando se respetan los derechos de la familia, respetando los horarios acordados, no haciendo demandas excesivas, comprendiendo y apoyando a sus empleados en las situaciones de crisis familiares, las empresas cumplen su responsabilidad social empresarial tanto o más que cuando participan en una campaña solidaria.

Quisiera señalar aquí cómo algunas empresas apoyan a las familias con niños con necesidades educativas especiales, que requieren de tanto cuidado y de tantos recursos financieros para salir adelante.

Sería necesario además trabajar en políticas públicas eficientes para cooperar con estas familias, cuyas madres muchas veces deben dejar sus trabajos para dedicarse a la costosa rehabilitación de sus hijos.

El aporte femenino en el ámbito público es esencial y, por lo tanto, favorecer que las madres y los padres puedan cumplir eficientemente sus roles no es sólo un desafío personal. Es necesario compartir responsabilidades con las redes personales y sociales, aliviando la carga cuando sea posible, valorando los aportes femeninos y haciendo que los niños perciban que ellos tienen prioridad uno para sus padres, pero que también son una preocupación central para el estado y las empresas.

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