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jueves, 23 de octubre de 2008

Déficit Atencional: Los 3 Desafíos Pendientes

Tres son los grandes problemas que enfrentan hoy los especialistas en este trastorno infantil: el diagnóstico en las sombras de todos aquellos niños que lo presentan sin hiperactividad; la gran cantidad de depresiones y ansiedades diagnosticadas como déficit atencional, y la necesidad de que los colegios instauren la educación diferencial en sus aulas. Aquí, expertos y dos madres de niños con déficit atencional los revelan en detalle.

Por Magdalena Andrade, El Mercurio.

En Chile, entre un 3% y un 5% de los niños menores de 10 años presentan déficit atencional en alguna de sus variantes: con o sin hiperactividad. Probablemente, la cifra no ha aumentado en el último tiempo respecto de lo que sucedía hace 20 ó 30 años, pero ahora, como dicen los especialistas, "se nota mucho más".

"La fragilidad destaca tres veces más en el mundo de hoy que en el de hace un par de décadas, y se va notando cada vez más mientras vas creciendo. Han aumentado las exigencias, y por eso hoy existe una necesidad de diagnosticar males que antes quizás podían compensarse sin ayuda médica", reflexiona la siquiatra infanto–juvenil Lisette Lavanchy. Y es cierto.

El déficit atencional es una enfermedad que sobresale más en tiempos de modernidad y competencia, "en las que pequeñas diferencias entre un niño y otro hacen, por ejemplo, grandes diferencias en su rendimiento académico. Es muy distinto tener promedio 5,9 que 6,2", acusa el siquiatra Jorge Barros, del Hospital Clínico de la Universidad Católica.

No existe un boom de la enfermedad, pero sí durante años se ha hablado de sobrediagnóstico, de niños un poco más hiperactivos y rebeldes que el resto que han sido diagnosticados con este síndrome sin tenerlo realmente.

Otro tema ha sido los efectos secundarios del metilfenidato -llamado Ritalín, Concerta o Aradix-, una de las drogas que se utiliza para contrarrestarlo y a la que se acusa de provocar insomnio, irritabilidad y pérdida del apetito. Sin embargo, en el último tiempo los especialistas han enfocado su preocupación hacia otros puntos: por ejemplo, en cómo desarrollar exámenes biológicos que permitan, por fin, hacer un diagnóstico sobre la base de evidencias físicas y no sólo a partir de síntomas clínicos.

Pero también están preocupados de hacer conciencia en los colegios sobre lo importante que son sus políticas de ayuda a estos niños –tanto como los medicamentos o la sicoterapia– para que ellos salgan adelante.

1) Déficit atencional sin hiperactividad: Un diagnóstico en las sombras

En un curso de 30 niños se espera que entre uno y tres tengan un diagnóstico de déficit atencional. Sin embargo, también se estima que existen ocho, nueve o hasta diez niños que podrían presentar el síndrome, pero que no llaman la atención porque no muestran el principal síntoma asociado a esta enfermedad: la hiperactividad.

Si hasta hace poco el gran tema era el sobrediagnóstico, hoy, sin embargo, la preocupación de los médicos está en advertir a los padres que hay un número importante de niños y adolescentes que están en las sombras, pasando inadvertidos y manteniendo un rendimiento escolar aceptable, pero a costa de un enorme esfuerzo mental y emocional.

"El grupo de los chicos que tiene problemas de atención y concentración sin hiperactividad es el que nos está preocupando, porque tienden a hacer su cuadro mucho menos visible. Se trata de niños y niñas que tienen un rendimiento regular o malo, a pesar de que tú los ves estudiar y esforzarse por cumplir con sus requerimientos escolares. O bien logran adaptarse muy bien y tener un promedio 6, por ejemplo, pero es a expensas de un gran trabajo, el mismo con el que podrían obtener un 6,5 si estuvieran bajo tratamiento", expone el doctor Barros.

Con la experiencia que le da su trabajo en colegios y en su consulta, la sicopedagoga Anamaría Cabrera sabe reconocer muy bien a estos niños, aunque reconoce que es difícil hacerlo, precisamente por los pocos síntomas que exteriorizan.

"Son niños a los que su problema les pasa la cuenta en su rendimiento, pero también en sus emociones, porque luchan consigo mismos para que nadie se dé cuenta de su problema. Pero es duro ver que sus compañeros leen un libro y se sacan buenas notas, mientras ellos no logran ni siquiera pasar el primer capítulo. Con esa dinámica, están atentando contra su autoestima y su autocontrol. Se sienten incapaces de que les vaya bien".

Este tipo de déficit atencional, que los médicos conocen como "puro", es el segundo más frecuente después del "mixto", que presenta desconcentración, hiperactividad e impulsividad. Pero son estos los niños que no están llegando a la consulta. Y no sólo porque ellos mismos no dejen ver los síntomas, sino también porque a los padres todavía les cuesta entender la idea de que el síndrome de déficit atencional también se puede presentar sin hiperactividad, grafica la doctora Eliana Rodillo, neuróloga infantil de la Clínica Las Condes.

O, como dice Anamaría Cabrera, porque simplemente se resisten a que a sus hijos les hagan ese diagnóstico: "A los papás los veo muy reacios a las recomendaciones. Siempre llegan con la misma predisposición. Me dicen: si tú me mandas al neurólogo, te digo de inmediato que yo no le voy a dar medicamentos". El problema es que mientras más tarde se realice el diagnóstico –en séptimo, octavo básico, o en la enseñanza media, cuando hacen aguas en el colegio– más difícil resulta concretar con éxito un tratamiento.

Por eso, tanto padres como profesores deben estar atentos a las primeras señales que entregan los niños, y que hablan de un posible problema. La etapa clave es segundo básico, cuando se supone que deben terminar el año sabiendo leer y escribir.

"Si le lees un cuento mínimo, le haces preguntas fáciles y ves que no entendió nada, a pesar de que viste que estuvo en actitud de atención durante la lectura, es porque ese niño presenta un trastorno que puede ser déficit atencional sin hiperactividad", grafica la sicopedagoga.

El doctor Barros también entrega otra recomendación: "No quiero decir que todos los niños que son ordenados y callados tengan déficit atencional, pero si su hijo crónicamente no responde bien, a pesar de ser muy estudioso, hay que hacerse la pregunta sobre un eventual problema".

2) Depresión y ansiedad: Escondidas tras el déficit atencional

"El trastorno de déficit atencional puede acompañarse de otras patologías como trastornos específicos del aprendizaje -dislexia, disgrafia, discalculia- tics, trastornos de conducta oposicionista desafiante o antisocial, trastornos ansiosos y del ánimo.

Es muy importante buscar estas asociaciones, que son frecuentes y pueden variar no solo el manejo sino también el pronóstico a largo plazo", explica la doctora Eliana Rodillo. También, enfatiza lo importante que resulta al momento del diagnóstico descartar otras patologías que puedan producir similares síntomas: "epilepsia, uso de medicamentos, abuso de sustancias, trastornos del sueño, hipertiroidismo, tumores o cuadros genéticos que tienen al déficit atencional entre sus manifestaciones".

A falta de marcadores biológicos que denoten claramente el padecimiento de la enfermedad, hacer el diagnóstico, acota la especialista, es muy complejo, especialmente por este grado de asociación a otras patologías. "Eso podría explicar por qué hay escolares que, aún siguiendo un tratamiento, no logran recuperarse".

La siquiatra infanto–juvenil Lisette Lavanchy tiene evidencia de este problema. Cuenta con preocupación que en el último tiempo ha recibido a más de diez niños con diagnóstico de déficit atencional realizado por otros especialistas, de los cuales sólo uno presentaba déficit atencional como único cuadro. El resto, tenía depresión, ansiedad, o algún trastorno del ánimo.

El panorama es el siguiente: "Los papás llegan a la consulta muy confundidos, con niños que llevan tomando remedios por años, que han pasado por varios especialistas y sus hijos no mejoran, sino que empeoran. ¿Qué es lo que pasa? Que por años han tomado un medicamento para el síndrome de déficit atencional, que en algunos niños configura un cuadro por sí mismo, pero en otra gran parte de los casos es síntoma de algo. Es como la fiebre, hay algo más allá: está asociado a trastornos emocionales, ansiosos. Pero si tú sólo te dedicas a bajar la fiebre sin ver qué es lo que la provoca, terminas enfermando más al niño".

Agrega, también, que un 90% de los trastornos del ánimo se presentan con síntomas muy parecidos a los del déficit atencional, y que la depresión en edad infantil también puede presentar los síntomas similares.

"En los niños no se da con los mismos síntomas del ánimo del estilo: no me quiero levantar, sino que con irritabilidad, hipersomnia, hiperfagia. Está irritable, va a llorar y patalear por cualquier cosa. ¿Cómo se va a concentrar así en la sala de clases? Esto provoca confusión en los médicos, y es difícil para alguien sin experiencia distinguir qué es déficit atencional y qué no".

Uno de los casos de la doctora Lavanchy es el de Macarena, hoy de 18 años. Su madre, Mónica, fue advertida de que su hija debía ir al neurólogo a los 4 años, en pre–kinder, ya que tenía síntomas de inmadurez neuronal. "A los 5 le diagnosticaron déficit atencional y comenzó a tomar Cidrin, que nos trajo hartos problemas porque le quitó el apetito y la hizo bajar mucho de peso", recuerda hoy Mónica, todavía con angustia.

Cuando tenía 6 años, Macarena, sus papás y hermanos se fueron a vivir a Uruguay, donde Mónica dejó de darle los medicamentos y la niña no tuvo mayores problemas en el colegio. Sin embargo, cuando volvieron a Chile y entró a tercero básico, comenzaron las dificultades. "De ahí en adelante fue un peregrinar por neurólogos, todos dándole el mismo diagnóstico –déficit atencional sin hiperactividad– y medicándola, ahora con Ritalín. Pero lo raro es que ella nunca mejoraba. Al contrario. Comenzó a bajar las notas y irse más para adentro de lo que habitualmente era".

Cuando a Macarena le cambiaron la medicación, esta vez a Concerta –que tiene la misma base del Ritalín, pero sólo necesita tomarse una cápsula al día– su mamá se asustó. El rendimiento de la niña había bajado bruscamente y comenzó con fuertes dolores de cabeza y estómago. Así pasó varios años. En marzo del año pasado, su neurólogo comenzó a recetarle antidepresivos. "Entonces me decidí a llevarla al siquiatra", narra Mónica, quien llegó con su hija a la consulta de la doctora Lavanchy buscando una respuesta para la enfermedad de Macarena.

Luego de exámenes y diagnóstico clínico, la especialista determinó que lo de la adolescente nunca había sido un déficit atencional, sino una depresión. Comenzó con medicamentos específicos, dejó el Concerta y empezó a salir adelante. "Su único problema fue ser diagnosticada con un problema que no tenía".

Casos similares a los de Macarena han llegado a su consulta. Y todos han salido adelante luego de cambiar el diagnóstico. "Están llegando muchos diagnosticados a los 7, 8 años, pero que ahora tienen 13, 14 y serios problemas de conducta, fracaso escolar, situación que se fue alimentando al ser tratados sólo por déficit atencional.

Pero a esta edad ya llegan muy complicados", dice la doctora Lavanchy, e insiste en que un buen tratamiento es imposible si no se logra un buen diagnóstico. "Es mucho más fácil tener a un niño con Ritalín que uno al que hay que observar detenidamente, ver si tiene depresión o trastornos del ánimo, y luego ver si es necesario medicarlo".

3) Evaluación diferenciada: Una imperativo en el aprendizaje

Para que un niño con déficit atencional salga adelante no sólo es necesario un buen diagnóstico, tratamiento y medicación, en el caso que ésta se requiera. También hace falta que en el colegio exista una red de apoyo conformada por profesores y alumnos que ayuden al escolar a que se integre a su plan de estudios y que no se vaya atrasando en la materia.

Si bien es cierto existen colegios donde hay especial sensibilidad en torno al tema, hay otros donde la idea de hacer un plan de ayuda a estos estudiantes no está considerado, ya sea porque no existe capacidad física para hacerlo, o bien por desconocimiento de cómo hacerlo, explica Anamaría Cabrera. Y la necesidad de implantarla es especialmente importante durante el primer ciclo básico, que es cuando los niños comienzan a desarrollar sus habilidades.

Hay muy pocos estudios al alcance de los colegios sobre cuál es el impacto de la evaluación diferenciada en estos niños, explica Anamaría. "También hay muy poca práctica en los colegios, y otros en los que no se hace, a pesar de que existe un decreto ministerial que lo exigen. Creen que consiste en evaluar a los alumnos con escalas más bajas, cuando no es así", explica.

Una buena evaluación diferencial para los niños con déficit atencional no es muy lejana a la que realizan los niños sin dificultades. Consiste, por ejemplo, en parcelarles las materias en vez de pasárselas como una sola unidad.

También, en enseñarles a conocer cuál es su estilo de aprendizaje –si aprende de lo concreto a lo abstracto, de lo teórico a lo empírico– y desde ese piso suplir sus debilidades. Además, otra opción puede ser asignarle al niño alumnos tutores itinerantes, para que cada semana le ayude con la materia y lo vigile para que no se atrase. "Es una cadena donde ninguno se aburre y todos se ayudan", dice Anamaría.

Lo que sí deben exigir todos los colegios es implantar este sistema en niños que estén con tratamiento, "con medicamentos, si es necesario, y un acompañamiento pertinente de su familia".

La importancia de la alimentación

"Un estudio publicado por la revista Nature el año pasado dio indicios sobre cómo la alimentación puede afectar en la hiperactividad. Según el informe, este trastorno disminuye conforme se modera el consumo de alimentos como el azúcar, o con muchos preservantes y edulcorantes.

"Los resultados de este estudio son importantes de considerar dentro del tratamiento de un niño con déficit atencional", apunta el doctor Jorge Barros. También, agrega, hay que tener en cuenta un fenómeno visible en la última década en la dieta infantil: la disminución de las comidas con ácidos grasos esenciales, como el Omega 3.

"Se cree que esta carencia ha podido contribuir a la mayor tasa de depresiones infantiles, trastornos bipolares y déficit atencional. Por eso, hay médicos que promueven el consumo de aceites con Omega 3, como el de canola. Aunque lo más efectivo es consumirlos a través de pastillas y de pescado'.

Medicina homotóxica: Un tratamiento alternativo

"Padres intentando encontrar una salida alternativa a los medicamentos, son algunos de los que llegan a la consulta del doctor Sergio Vaisman, pediatra de la Clínica Las Condes, que desde hace casi una década practica la medicina homotóxica. Se trata de una terapia que trabaja con compuestos vegetales, animales y minerales que estimulan el sistema inmune para desarrollar defensas, y que actúan favoreciendo su desintoxicación.

El doctor Vaisman no realiza diagnósticos de déficit atencional, pero sí recibe en su consulta a los niños y adolescentes diagnosticados con este síndrome, y les propone un tratamiento. "Apuntamos a atender pacientes, no síntomas aislados, por lo que antes de iniciar el tratamiento entrevisto a sus padres, reviso cómo es su entorno, cómo se alimenta, cuántas horas duerme y qué enfermedades ha tenido. Todo esto puede influir en el cuadro del niño", explica.

Luego, crea un plan basado de acuerdo a cada paciente, pero por lo general apunta a tres instancias: estimular su memoria, lograr una armonización neurológica –regulando sus funciones de sueño– y estimular su madurez hormonal. También será importante desintoxicar su organismo y mejorar su digestión.

El tratamiento con medicina homotóxica, asegura, comienza a dar resultados a partir de los quince días, y se refuerzan a partir del tercer mes. Puede seguirse en forma paralela a la ingestión de medicamentos alópatas, pero la idea es ir dejando estos últimos poco a poco. "Si al tiempo los medicamentos homotóxicos no funcionan, el niño debe volver a su medicación habitual", advierte.

En todo el tiempo que lleva ocupando este tratamiento, cuenta ya con cerca de 20 casos en los que ha logrado buenos resultados. Uno de ellos es de Santiago Valdivieso (16), quien llegó donde el doctor Vaisman luego de años tomando medicamentos sin notar mejoría. "Mi experiencia ha sido bastante buena. Veo que se está concentrando mejor, que ha aprendido a controlar su impulsividad", dice su madre, María Teresa. "En nuestra última visita al neurólogo le dijeron que sólo le faltaba ponerse más las pilas para recuperarse".

Aún cuando Santiago nunca ha dejado de tomar Aradix, su madre cree que fueron los medicamentos homotóxicos los que propiciaron el cambio en su hijo. Y el mismo Santiago reconoce también que ha sentido mejoría. "A mí me costaba muchísimo poner atención en clases. El año pasado, cuando empecé a tomar estos, siento que me hicieron muy bien. Incluso subí las notas. Todavía estoy inquieto y me falta mucho por avanzar, pero creo que estoy mucho mejor", cuenta con entusiasmo.

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