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martes, 15 de abril de 2008

Aprender a Perdonar

Por Neva Milicic, sicóloga.

En muchas ocasiones, en el transcurso de nuestra vida, habrá personas que actuarán en forma que estimaremos poco justa con nosotros, o que cometerán errores voluntaria o involuntariamente, que nos causarán daños de diversa magnitud. Posiblemente también habrá personas que pasarán por encima de nuestros derechos. Y ciertamente es normal y deseable reaccionar a estas situaciones. Pero quedarse pegado en ellas es dañino para la estabilidad emocional y para las relaciones que se establecen con el mundo externo.

Hay que aprender a perdonar, no sólo por el bien de los otros que son los eventuales agresores, sino que por el bienestar personal, ya que es muy desgastante y desenergizante acumular resentimientos.

Quedarse “pegado” en estos temas no favorece el crecimiento personal. No necesariamente hay que olvidar lo sucedido, pero no hacer que esa rabia que produce la injusticia o el daño recibido, se transforme en el único motivo de vida o en una preocupación central que nos disminuya la alegría de vivir. Cuando el daño recibido es muy grande, a veces hay que aprender a vivir con ello. En la medida de lo posible es deseable aclarar con la persona que le ha hecho daño lo sucedido y ver cuáles son las reparaciones posibles.

Perdonar no es dejar impune las faltas cometidas sino que aceptar las disculpas y escuchar las razones de la persona que nos hirió o nos produjo el daño. Si la ofensa no es muy grave, dar vuelta la página y ver que se aprendió de esa experiencia, puede ser un mecanismo reparador. Reconocer que habrá muchas ocasiones que también nosotros vamos a tener que ser perdonados, nos hará más tolerantes ya que los errores son parte de la vida. Por lo tanto cuando un niño aprende a asumir una actitud de tolerancia y perdón, ello le permitirá reestructurar más rápido sus relaciones después de un conflicto.

Andrea, de 14 años, era una niñita muy inteligente y autoexigente, que hacía casi todas las cosas muy bien, pero tenía un defecto no menor, era muy intolerante a las fallas o equivocaciones de los demás. Si un amigo olvidaba llamarla para su cumpleaños, entraba en la lista negra. Si una amiga no llevaba el libro que le había prometido, se enfurecía y determinaba que no se podía confiar en ella.

Por supuesto esta característica de personalidad tuvo consecuencias negativas para ella porque se fue quedando sola y sus compañeras de curso se esforzaban en encontrar y en señalar los errores que Andrea pudiera haber cometido, cumpliéndose así lo que dice el refrán “Con la vara que juzgues seré juzgado”.

Los niños aprenden a perdonar, observando la actitud con que sus padres enfrentan los errores y las equivocaciones de sus hijos y de otras personas. Si ven en usted unos jueces implacables, descontrolados y que están constantemente echando en cara los errores cometidos con anterioridad, difícilmente podrán aprender a perdonar. Los padres no pueden ser como un fiscal despiadado. Frente a los errores de los hijos, es necesario entender por qué los cometieron y ayudarlos amorosa y esperanzadamente a encontrar el camino correcto de hacer las cosas.

Un niño que no es perdonado por sus padres difícilmente se perdonará a sí mismo y las personas que no aprenden a perdonarse pueden caer fácilmente en actitudes autodestructivas.

La capacidad de perdonar es un don, pero también puede aprenderse, y es un aprendizaje que sin duda hará que sus hijos sean mejores personas y sin duda más felices.

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